Reconstrucción, no; activación, sí

La utilización adecuada de los términos es importante para no confundir los objetivos. Por ejemplo, no nos cansamos de escuchar el término desescalada, cuando realmente no hemos sufrido una escalada, sino un confinamiento, y por lo tanto, el concepto correcto es el desconfinamiento. O más bien deberíamos hablar de desconfinamiento progresivo, que es lo que al final se ha planteado, aunque algunos no lo entiendan y esto nos lleve a rebrotes, como están apareciendo por muchos puntos, debido a la falta de responsabilidad de algunos insensatos.

Si el asunto del desconfinamiento progresivo me preocupa, mucho más, en este momento, la confusión establecida por la clase política, que no para de hablar de la reconstrucción económica. Cuando no hay nada que reconstruir, pues no se ha destruido nada. Lo que ha sucedido es que se ha parado la actividad económica debido al confinamiento, y ahora lo que hay que hacer, ante un desconfinamiento progresivo, es una activación progresiva de la economía.

Es muy importante precisar la situación, pues la actuación tiene que ser diferente en cada caso. En el de la reconstrucción, por principio, lo que hay que hacer es reconstruir, valga la redundancia, y para ello habrá que invertir en reconstruir empresas y fábricas. En este caso, sin embargo, estamos hablando de realizar una inversión. Se podría abrir un debate sobre si ésta debe ser privada o pública, es decir, si debe ser el Estado el que invierta o, por el contrario, el Gobierno debe crear las condiciones adecuadas para que sea la iniciativa privada la que realice el esfuerzo inversor.

En el supuesto de que se tomara la alternativa de inversión pública, entonces el Gobierno, normalmente tendría que realizar un mix de endeudamiento y recaudación, con lo que se podría justificar una subida de impuestos. Pero la situación en la que nos encontramos no es de reconstrucción. Lo que ha sucedido es que, debido al confinamiento, se ha parado la actividad económica, y ahora hay que reactivarla. Para ello, la fórmula es incrementar el consumo, teniendo en cuenta que el desconfinamiento está siendo progresivo y la actividad está restringida, por precaución sanitaria, por el Gobierno.

En condiciones normales, la forma de estimular el consumo cuenta con dos variables: el precio atractivo y el poder adquisitivo del ciudadano. El problema es que, si las empresas tienen que realizar su actividad de forma restringida, respetando la distancia social -lo que lleva a reducir el número de plazas o el tráfico sobre los puntos de venta-, lo normal es que el volumen de venta, como está pasando, se reduzca. Si a eso le sumamos que deben bajar los precios para atraer y estimular el consumo, la situación se complica más, salvo que el poder adquisitivo del ciudadano se incremente de forma importante.

Para conseguir entonces que las empresas puedan bajar los precios, el Gobierno debería ayudar reduciendo los impuestos indirectos, es decir, el IVA, de tal forma que los precios bajen por principio sin causar un mayor deterioro de los márgenes empresariales. En paralelo, debería ser importante la contribución de los sindicatos, facilitando formación en gestión de negocio a los empresarios de pymes, y muy especialmente de micropymes, para que aprendan lo que es una cuenta de resultados y la utilicen en su negocio, como herramienta de gestión.

Con respecto a la segunda dimensión, incrementar el poder adquisitivo de los ciudadanos, una vez que se han bajado los impuestos indirectos y los precios de los productos ya son lo suficientemente atractivos, la fórmula no es otra que la bajada de impuestos directos, de tal forma que el ciudadano cuente con más dinero para gastar

Si al incremento del poder adquisitivo le sumamos la reducción de precios, el incremento del consumo está garantizado y la reactivación de la economía también, pues como sabemos, hay un flujo circular de la renta, de tal forma que cuanto más consumo, más facturación, más beneficios y, consecuentemente, incremento de recaudación por mayor pago de impuestos.

Además, cuanta más actividad, más trabajo y mayor poder adquisitivo de más ciudadanos, con lo cual el consumo puede entrar en un círculo virtuoso, que no vicioso. También, cuanta más actividad, mayor incremento de puestos de trabajo y, consecuentemente, reducción del paro y de necesidad de prestaciones sociales, lo que aliviaría los gastos del Estado.

Es decir, que la bajada de impuestos directos e indirectos estimularía el consumo y reactivaría la economía de forma natural. Y sin detrimento de la recaudación, pues la multiplicación tiene la propiedad conmutativa de tal forma que IxV=VxI, es decir, que impuestos altos por poco volumen es igual a impuestos bajos por mucho volumen. Y esta segunda alternativa, además, devolvería la ilusión a las personas, muy necesitadas de ello.

Las personas prefieren ganárselo a que se lo den. Y si no es así, deberíamos analizar qué sociedad estamos creando.

La V asimétrica

Superada la época de exámenes, que nos ha sometido a nuestra particular y anual cuarentena, volvemos a nuestra cita semanal. Está perfectamente demostrado que la salida de toda crisis incrementa la diferencia entre los más y los menos favorecidos. Siempre han salido unos cuantos ricos más ricos, y muchos pobres más pobres. Pero, en general, los resultados globales apuntaban a que el conjunto global de la ciudadanía era más rica, algo sólo cierto estadísticamente, pero como ya hemos dicho, no a nivel individual.

Es decir, que, de forma global, se producía una salida en forma de U o de V asimétricas, pero con el palo del final más alto que el del principio. Es lo mismo que sucede en las empresas como resultado de los proyectos de transformación, que comienzan con un determinado nivel de productividad. Durante las primeras semanas del proyecto la productividad cae, siempre el objetivo se establecía en un máximo de 12 semanas de caída, hasta que se llegaba al punto de inflexión y la productividad empezaba a mejorar y superar los niveles previos al proyecto, una vez éste había terminado y la empresa alcanzaba su velocidad de crucero.

La crisis económica generada por la pandemia del coronavirus es de una magnitud tal que hablar de una V, por muy asimétrica que se diga, no parece que sea la realidad, sino más bien un deseo de todos nosotros. La realidad apunta a que, después de la brutal caída del PIB de 2020, nos viene un segundo año de caída mucho más atenuada, produciéndose durante el mismo año probablemente el punto de inflexión, a partir del cual se volvería a crecer a un ritmo por debajo de la caída. Y podríamos pensar que en 2022 se produciría la recuperación esperada por todos, hasta niveles que en ningún caso se prevé que lleguen a los de 2019.

Esto es lo que podemos esperar, siempre y cuando no se produzcan rebrotes importantes de la pandemia. Porque si se producen, tendríamos que pensar que la recuperación podría convertirse en una nueva caída. Es por ello que los gobiernos deben preparar planes de contingencia ante esta posibilidad para que los efectos no sean tan perversos como los que estamos sufriendo con esta primera oleada.

Evidentemente, tan pronto como aparezca una vacuna, el panorama cambiaría radicalmente y la recuperación económica se podría acelerar, siempre que se generen las condiciones para la aceleración en la creación de empleo y la población empiece a producir al máximo nivel de rendimiento. Los empresarios generarán empleo y mejorarán las condiciones de los trabajadores en función de sus beneficios. Si los trabajadores ganan más dinero y tienen cierta seguridad en su puesto de trabajo, gastarán más y la actividad económica mejorará a todos los niveles. El pago de impuestos, especialmente los indirectos, debidos al incremento del consumo, subirán en mayor proporción, y el Gobierno estará en disposición de atender las necesidades globales de los ciudadanos, un círculo virtuoso que debemos esperar, aunque sea con ansiedad e inseguridad.

Hasta que la vacuna no esté en el mercado, existe siempre el riesgo del rebrote y, mientras tanto, todos los países tendrán que trabajar por conseguir mejorar las condiciones de sus ciudadanos en total competencia con el resto de países, en unas condiciones de mercado de crecimiento restringido y selectivo. Aquí, la gestión de los gobiernos se hace absolutamente clave. El apoyo y la generación de condiciones adecuadas para los sectores estratégicos del país se convierten en fundamentales, pues otros gobiernos de otros países seguro que lo harán y de hecho ya lo están haciendo.

En la actualidad, un sector clave en nuestro crecimiento, como es el sector turístico -que representa más del 12% del PIB directo y entre el 15% y el 20% incluyendo los indirectos-, tiene ya una competencia como nunca ha tenido, con todos los países potenciando el turismo local, dando ayudas multimillonarias al sector para la atracción de turismo foráneo y sin ninguna zona donde ahora podamos encontrar, aunque sea incluso psicológicamente, mayor inseguridad que la del coronavirus, que a nosotros nos ha afectado de forma muy especial.

Por otro lado, nos encontramos con que lo que tanto se ha criticado al presidente Trump, como es la presión para repatriar la producción de sus empresas, es algo que están pensando todos los países, como el caso de Macron en Francia, que anunció una ayuda de 8.000 millones de euros para el sector del automóvil, pero para la producción en suelo francés.

Este es un asunto realmente preocupante, pues somos un país receptor neto de multinacionales, y en el caso del sector de automoción, una de las zonas de producción más importantes del mundo, la segunda en Europa, y que representa el 10% del PIB (incluyendo distribución y actividades anexas, según fuentes del ICEX). Nos encontramos entonces con que las decisiones estratégicas se toman a muchos miles de kilómetros de nuestro país y con los directivos de estas empresas presionados de una forma o de otra por los gobiernos de sus países respectivo. Nissan ya ha anunciado su cierre en la planta de Martorell, ¿pueden seguirle otras? Hay que prepararse y establecer planes de contingencia para ir paliando los efectos, en el periodo de tiempo que tarden en cerrar totalmente las operaciones. Pero no se trata de subvencionar, sino de crear actividad económica.

Ya hemos debido aprender algo de la gestión de la crisis sanitaria. Pues no comentamos los mismos errores en la gestión de la crisis económica, ya que si la primera ha sido terrible, la segunda puede ser también muy dura. Ya que, insisto, los demás países no están en condiciones de ayudar hasta que no hayan superado ellos mismos la crisis. Salvo que formemos parte de su salvación, como podría darse en el caso de la UE, y entonces ya sabemos cuáles son las condiciones. Y si no, se lo podemos preguntar a los griegos.

El futuro de las universidades

Las universidades han proliferado en las últimas décadas, y muy especialmente en nuestro país, de forma increíble. Su número es elevadísimo, y las razones son varias. No se nos pueden escapar las políticas, pero siempre había una que las justificaba: como quiera que las clases eran presenciales, teniendo una casi en cada provincia se evitaba que los alumnos tuvieran que desplazarse más de la cuenta.

Esto, evidentemente, hacía la vida más cómoda a muchos estudiantes, pero empobrecía el aprendizaje de forma tremenda. De entrada, los alumnos han perdido la universalidad, es decir, estar con compañeros de otras ciudades y otros países y conocer otros entornos. Sólo unos pocos con inquietudes han accedido a becas Erasmus y han salido a conocer algún otro país, aunque desconociendo el suyo, y a lo mejor incluso aprenden otro idioma, pero cada vez tienen un nivel más bajo de español, hasta el punto de que algunos no pueden acceder a puestos de trabajo donde se requiera aun alta fluidez en nuestro idioma.

Por otro lado, ante la proliferación de las universidades, el número de catedráticos y profesores se ha incrementado de forma dramática. Y todos sabemos que el incremento de cantidad tiene una relación más o menos directa con la disminución de la calidad. Obviamente, puedes tener tres profesores excelentes, pero si el número se incrementa a 30, seguro que el 100% de ellos ya no serán excelentes. Y si los incrementamos a 300 o a 3.000, es seguro que su nivel de calidad medio bajará de forma dramática y, consecuentemente, el nivel de preparación de los alumnos también irá cayendo en la misma proporción.

Pero vivimos en una era tecnológica, y lo que nos está demostrando la situación actual, derivada de la crisis del coronavirus, es que el telestudio funciona hasta impartido sin apenas preparación para ello, y con alumnos tampoco entrenados especialmente en su práctica. Esto nos está avisando de que la formación va a cambiar de forma dramática. Después de esta crisis y del confinamiento al que nos ha llevado, este será un enorme cambio de los que vienen para quedarse, como ha pasado con otras actividades y conceptos en otras crisis que han sucedido a lo largo de la Historia.

Una vez más, los cambios se producen como consecuencia de un germen previo que la crisis cataliza. Así, el germen son los Massive Open Online Courses (MOOC). Cerca de 1.000 universidades de todo el mundo ofrecen este tipo de cursos gratuitos que ya están siguiendo millones de personas. También están apareciendo los Power MBA, que no son otra cosa que MBAs low cost impartidos online.

Creo que es un momento para reflexionar y no tomar el camino equivocado. Como en otra dimensión, dentro del espectro educativo, es el caso de algunas universidades privadas en el mundo, que lo que han hecho, en vez de ser especialmente estrictas y exigentes con sus alumnos para garantizar un excelente aprendizaje y así convertir a los alumnos en auténticos brillantes -como sí han hecho otras, las de más prestigio-, se han dedicado a “vender” títulos, con lo que han acabado deteriorando el prestigio general de la educación.

No debemos cometer el error de convertir el concepto del MOOC en un concepto low cost, sino que debemos mantener e incrementar su prestigio, consiguiendo el beneficio a través del volumen, como es el negocio general en Internet. Por lo tanto, podríamos movernos hacia un tipo de formación online de bajo coste para cada alumno, pero con una cantidad de alumnos enorme por todo el mundo, de tal forma que el resultado puede ser excelente si cumplimos un par de normas.

La primera es que los que impartan el curso tienen que ser los mejores en su materia a nivel mundial. Y la segunda es que deben estar soportados por una estructura tan amplia como sea necesaria para realizar el seguimiento de los alumnos, véase tutorías, ejercicios, etc… De tal forma que podemos encontrarnos con panorama como el que describimos a continuación.

Una universidad global o mundial, cuyo claustro esté compuesto por los mejores en cada materia a nivel mundial, independientemente de nacionalidades. Obviamente, cada uno estará ubicado allí donde le resulte más cómodo y agradable, ya sea por su nacimiento o por donde quiera vivir, y serán los responsables de preparar y dictar los cursos.

El resto de las universidades deberían ser las unidades de seguimiento, en las que como ya sabíamos, y si alguien tenía alguna duda, se requiere una estructura enorme, como estamos comprobando todos los docentes ahora, cuando nos hemos visto obligados a modificar la formación presencial por la formación online.

Estamos hablando entonces de una estructura educativa global, homologada por todos los países, con una única universidad mundial. Aunque pudiera haber dos o tres en competencia, no más, pues si no, ya estaríamos en el problema de la masificación de docentes y la correspondiente caída de calidad. Dicha institución mundial estaría soportada por universidades de segundo nivel, cuya función sería la de realizar las tutorías y ejecutar el seguimiento de los alumnos a través de ejercicios y demás actividades, con una primera línea de choque compuesta por autómatas que respondan a las preguntas o dudas más frecuentes. Con lo cual, los docentes de estas universidades serían profesores ayudantes del gurú correspondiente.

Implicaciones sociales del teletrabajo

Ya hemos comentado que, con la experiencia que no ha quedado más remedio que adquirir teletrabajando durante esta situación de confinamiento, esta modalidad de trabajo se convertirá en una realidad generalizada una vez la pandemia sea superada. Porque todos, trabajadores y empresas, habremos aprendido las ventajas y los beneficios que el teletrabajo aporta a todos.

La reducción de costes para la empresa es obvia. Simplemente, consideremos el coste de los espacios físicos de oficina. Y en el caso de los trabajadores, además de dicha reducción de costes, incluida la de desplazamientos o comidas fuera de casa, por ejemplo, se une la reducción de pérdida de tiempo, aproximadamente una hora y media en las grandes ciudades, y la conciliación.

Pero todo cambio tiene sus implicaciones sociales. En este caso, para las que no hemos recibido entrenamiento y tendremos que realizar un esfuerzo durante un periodo de tiempo para digerirlo.

A nivel personal, como contrapartida a las enormes ventajas que tiene el teletrabajo, nos podremos encontrar, en una primera etapa, con ciertas sensaciones de aislamiento, soledad y falta de pertenencia, así como la realidad de que no tendremos a alguien detrás de nosotros para organizar nuestro desorden. El teletrabajo, correctamente implantado, implicará la desaparición de los asistentes y secretarias, y la pregunta es si algunos están preparados para ello. En cualquier caso, no les quedará más remedio que acostumbrarse, ¿y quién no se acostumbra a poder trabajar desde el porche de tu casa en la playa, por ejemplo?

En lo que se refiere a la unidad familiar, aparecen ventajas relacionadas con la conciliación, sin duda. Pero, al igual que en el plano personal, se pueden presentar ciertos problemas. Y, probablemente, no sólo en la etapa inicial, como sucede con la constante convivencia de la pareja. Como sabemos según múltiples estudios, después de etapas de convivencia continua de la pareja es cuando más divorcios se concretan, con lo que el cuidado en los pequeños detalles y el respeto mutuo será fundamental.

En cuanto a la planificación y la infraestructura de las ciudades, no cabe ninguna duda de que cambiarán de forma dramática su fisonomía, presentando a la vez aspectos positivos y negativos. Como aspectos positivos, nos encontraremos con una mejora general de la calidad de vida, pues, entre otras cosas, conseguiremos aproximadamente una hora y media extra de tiempo libre si vivimos en una gran ciudad, debido a que no tendremos que desplazarnos a la oficina. En paralelo, se reducirán los atascos, el consumo de combustible y la contaminación, al reducirse el tráfico de forma dramática, y asimismo, no habrá necesidad de ampliar ciertas infraestructuras que en estos momentos se colapsan todos los días.

Las rutas y horarios del transporte público deberán rediseñarse, pues están configurados de forma radial, tomando como centro las grandes ciudades. Están diseñados para llevar a los ciudadanos al centro de la ciudad a primeras horas de la mañana y devolverlos a su casa por la tarde, cuando termina la jornada laboral y se produce el cierre de las tiendas y locales comerciales. Probablemente haya que contemplar menos rutas radiales y más rutas circulares y, obviamente, con una planificación horaria diferente a la actual.

Otro cambio que producirá el teletrabajo en muchos negocios será que, en vez de esperar a que vaya el cliente, habrá que ir a su encuentro. Por ejemplo, qué sentido tendrán los restaurantes cuya supervivencia se basa en los menús a la hora de la comida para las personas que trabajan fuera de casa. No tendrán ningún sentido y se tendrán que reconvertir para poder servir comidas a domicilio. Pero, en vez de estar ubicados en los emplazamientos actuales, que es donde están sus clientes ahora, tendría sentido que se trasladaran a polígonos industriales, pues el cliente no va a ir a comer, sino que habrá que llevarle la comida a casa, y el coste del establecimiento seguro que se reducirá de forma dramática. Asimismo, muchas de las tiendas actuales que están ubicadas allí donde hay un tráfico importante de trabajadores, tendrán que buscar nuevas ubicaciones que les coloquen más cerca de donde entonces estarán sus clientes, además de virtualizarse en un porcentaje importante.

Por último, con respecto al urbanismo, según múltiples estudios, la generalización del teletrabajo provocaría la recuperación de aproximadamente el 60% del centro de las grandes ciudades. Esto se produciría de forma gradual, de tal forma que, en una primera etapa, habría problemas de seguridad y salubridad, si bien en la etapa siguiente podrían incrementarse las zonas verdes, y al tener menor tráfico se podría producir un incremento de inseguridad que debería ser superado mediante video vigilancia y patrullas móviles de la policía, como ya sucede en algún país.

Y una ventaja social muy importante será la accesibilidad al mercado laboral y a la formación de todos aquellos cuyas discapacidades físicas dificultan su movilidad, ya que todo lo podrán hacer desde su casa sin moverse.

En definitiva, un nuevo mundo con muchos beneficios se nos ha abierto ya. Y parece imparable, si bien, en el corto plazo, habrá que superar ciertas dificultades basadas en los hábitos de muchas décadas.

Teletrabajo, el último paso para la virtualización de la empresa

Desde la primera de las crisis más recientes, la de los 90, la paranoia de las empresas ha sido la reducción de costes. Y así, hubo una década de furor por la Reingeniería de Procesos, que ayudó a reducir los costes fijos hasta niveles que, en algunos casos que impidieron el desarrollo de las empresas. En cambio, las que abordaron los proyectos correctamente, optimizaron sus costes fijos y mejoraron sus ventajas competitivas.

Pero el mercado siguió pidiendo precios más baratos, y los inversores mayores dividendos, y así, las empresas tuvieron que aprovechar la oportunidad que la globalización de la economía les ofreció. Comenzaron entonces un proceso de deslocalización de la fabricación, reduciendo en unos casos los costes fijos, y en otros casos cambiando parte de su estructura de costes, haciéndolos variables. Y cuando más allá de deslocalizar, lo que hicieron fue desintegrarse verticalmente, externalizando el área de fabricación, dieron así un primer paso en la virtualización de la empresa.

Parecía que todo estaba tranquilo, y las empresas parcialmente cansadas por los proyectos de reducción de costes acometidos en las últimas décadas, entraron un estado de complacencia. Que se rompió de forma dramática la crisis del 2008, que nos regaló la Sociedad del Bajo Coste, apoyada por Internet, lo que disparó y comenzó la consolidación del Comercio Electrónico, y se produjo así una segunda virtualización, la de la cadena de distribución.

En paralelo, con la fabricación ubicada generalmente en el continente asiático y vendiendo en todo el mundo gracias a la Globalización y el Comercio Electrónico, la logística llegó a un nivel de complejidad, y con una necesidad de estructura, que sólo auténticos especialistas podían abordar. Y así, las empresas tuvieron que volver a desintegrarse verticalmente, externalizando la Logística para delegarla en auténticos especialistas, con lo que se dio un nuevo paso, el tercero en el proceso de virtualización.

Habiendo externalizado la fabricación, la función comercial y la logística, las dos grandes partidas que quedan son las infraestructuras y las personas. En relación con el Real State, lo que han hecho muchas grandes empresas ha sido vender sus espacios de oficina y alquilárselos al comprador, con lo que en principio han realizado una nueva externalización, es decir, que han dado el cuarto paso en el proceso de virtualización. Aunque todavía hay que darle una nueva vuelta de tornillo, pues si bien han conseguido unos ingresos extraordinarios el año en el que han vendido, todavía el alquiler mensual sigue siendo una losa.

Y así, llegamos al apartado de personal, que es el que llena esos espacios de oficina, y al que desde los 90 se ha intentado enviar a trabajar a su casa, a teletrabajar. Pero por una mezcla de problemas psicológicos de los empleados, reticencias por parte de los directivos por falta de entrenamiento en la dirección a distancia y, en menor medida, por problemas de infraestructura tecnológica, la resolución de esta cuestión seguía en estado latente.

Pero llegó el Coronavirus, y todas las empresas han vaciado las oficinas y han mandado a sus empleados a teletrabajar. Y sin un entrenamiento de ningún tipo, resulta que funciona, Las infraestructuras tecnológicas soportan razonablemente bien la carga de tráfico de datos que se ha incrementado de forma dramática y, en cualquier, caso éste nunca sería un problema irresoluble, y menos con la tecnología 5G llamando a la puerta.

Los empleados, en un porcentaje mayoritario, han encontrado una importante reducción de estrés, especialmente a la ida y a la vuelta de la oficina. No han tenido que sufrir el estrés de los atascos y, además, han ganado más de hora y media diaria al no tener que desplazarse y han podido conciliar mejor su vida profesional y personal, además de la reducción de costes de gasolina, comida, etc.

Y quedaba, por fin, el apartado más complicado, el de los jefes, que pertenecen en general a generaciones no digitales y todo esto les cuesta más. Pero al final, la necesidad los ha llevado a tener que aprender a dirigir en la distancia, y si los resultados son los que deben ser, que seguro que lo serán, ya perderán el miedo y serán el último obstáculo para consolidar el teletrabajo, lo que ayudará a las empresas a recudir de forma dramática los metros cuadrados de oficina y, consecuentemente, el pago de la renta que están realizando.

Una vez consolidado el teletrabajo, con la aceptación por parte de todas las partes implicadas y con todos entrenados, vendrá el siguiente paso en la virtualización de la empresa, que será la externalización del personal. Pero no ya sólo por localización, como supone el teletrabajo, sino desde la relación contractual.

Las grandes empresas están, en general, realizando el mapeo de los procesos, como ya hemos dicho, desde los 90, y es lo que han externalizado con éxito, cuando la externalización se ha realizado correctamente. El siguiente paso es la aceptación de que una parte importante del personal que en estos momentos trabaja en las empresas, trabaja en proyectos, pues como hemos dicho, las operaciones han sido ya casi totalmente externalizadas.

Todos los proyectos tienen un principio y un fin, y cada uno requiere diferentes tipos de conocimientos, en definitiva, diferentes tipos de profesionales. Por lo tanto, las empresas necesitan modificar sus competencias cada vez más rápidamente, lo que con empleados fijos es cada vez más difícil y costoso. Y, según nos dice la experiencia, será el quinto paso de virtualización de la empresa lo que consolidará el concepto de Empresa Virtual, que arranca en los 90 y habrá tardado 30 años en llegar a su plena consolidación. Pero ya ha llegado el momento en el que todos los componentes están maduros para ello.

El final del proceso de creación de una nueva era

Si algo hemos podido constatar a lo largo de la historia, es que el mundo cambia después de una crisis. En los últimos tiempos, está claro que la II Guerra Mundial marcó un antes y un después en el orden mundial. Pero sin irnos tan lejos, vamos a ver qué ha pasado en los últimos 30 años.

A comienzos de los 90 se produjo una crisis financiera unida a una burbuja inmobiliaria en Japón que, junto con el encarecimiento del precio del petróleo y los enormes costes para Alemania debido a su proceso de unificación, produjo una crisis cuya consecuencia fue el comienzo del proceso de la Globalización de la economía, con la creación de la World Trade Organization (WTO), el 1 de enero de 1995.

En el 2000, se produjo la burbuja de las punto.com, que generó una dura crisis que terminó con la paciencia de los inversores, y en vez de invertir éstos en función de expectativas -no se sabía muy bien cuáles-, empiezan a buscar resultados a corto plazo, dando paso a una mentalidad absolutamente cortoplacista.

En el 2008, nos llega la burbuja inmobiliaria, que provocó una crisis financiera que concluyó con la bancarrota de Leman Brothers, como hecho más sonado, si bien hubo algunos más. Y con la deuda acumulada de empresas y familias, irrumpe la sociedad del Low Cost, en la que el precio se convierte en el principal argumento de venta. Como consecuencia, se dispara el consumo de las marcas blancas y el Comercio Electrónico se convierte en el principal aliado de esa clase media ávida de encontrar el chollo.

Y así, llegamos al 2020, con la irrupción de la crisis debida al Coronavirus. Veníamos advirtiendo desde hace años que nos llegaría una crisis muy dura, aunque, para ser sinceros, no sabíamos cuál iba a ser el detonante. Lo que sí presumíamos es que sería incluso más dura que la del 2008, porque nos llegaba en una situación de partida peor. Si la otra vino después de un largo periodo de bonanza, esta nos sobreviene cuando todavía apenas nos hemos repuesto de la crisis anterior.

Para evitar la propagación del Coronavirus, se están tomando medidas extraordinarias por parte de los países y de las empresas. Los primeros empezaron a blindar sus fronteras para evitar la importación del virus, mientras que las segundas cierran sus puertas o envían a sus empleados a trabajar desde casa mediante teletrabajo.

Detrás de estas dos acciones, encontramos el test o el soporte de dos acciones estratégicas que estaban latentes en el mundo económico, pero que no se veía cómo abordarlas con ciertas garantías hasta que no nos ha quedado más remedio que hacerlo por necesidad imperiosa.

La primera es la relativa a la Globalización, que llevó a la deslocalización de las fábricas en los países desarrollados, convirtiendo al continente asiático -y en primera instancia a China– en la fábrica del mundo, Algo que el presidente Trump está intentando desmontar desde su primera campaña electoral, y que ahora hace que las empresas se conciencien de que no pueden depender de fabricaciones de terceros en sitios remotos. Pero, hasta ahora, no les quedaba más remedio que correr ese riesgo para poder ser competitivos, pues los costes y la laxitud de las leyes así se lo facilitaban.

En la actualidad, o más bien desde hace ya unos años, gracias a la robótica y a la inteligencia artificial, se pueden establecer en cualquier lugar plantas de fabricación con unos costes de producción y una productividad superior a las ubicadas en los países emergentes. Esto es porque robots no cobran un salario, cada vez superior en las actuales zonas de fabricación, trabajan las 24 horas del día los siete días de la semana sin protestar y, obviamente, no plantean de momento ningún tipo de reivindicación.

Ante esta situación, podremos volver a la situación previa a la deslocalización, en un proceso de contra deslocalización, con plantas totalmente automatizadas con una productividad superior a las plantas actuales. Y además, podremos aproximar la producción a los mercados donde se encuentre la mayor concentración de consumidores de cada producto, reduciendo de forma dramática los costes de logística que, como sabemos, pueden llegar a representar aproximadamente el 30% de los costes de una empresa. Ello permitirá a las empresas un mayor nivel de competitividad para seguir compitiendo en la Sociedad del Low Cost.

La segunda acción estratégica tiene relación con la configuración de las empresas, las cuales, en un entorno tecnológico, siguen manteniendo el trabajo presencial en su mayoría. Pero ahora ya estamos viendo que son muchos los que pueden trabajar desde casa, y como todo es hasta que se prueba, va a pasar como con las marcas blancas en el 2008: una vez que se prueba se le toma el gusto, lo que facilitará su plena implantación una vez superada la crisis actual.

Esto permitirá a las empresas reducir sus costes de forma dramática. Ya BT, en los 90, estudió el impacto que el teletrabajo podía tener en el Reino Unido, y concluyó que con un 15% de la fuerza laboral teletrabajando, se podrían liberar 400 millones de metros cuadrados de oficina. Por ese mismo periodo, IBM constató en París que podían reducir sus 18 sedes a seis, lo que implicaría una reducción de 85.000 metros cuadrados de oficina, pudiendo sufragar, por el consiguiente ahorro, todos los costes de infraestructura tecnológica en tres meses.

Por lo tanto, las empresas empezarán a configurarse virtualmente, con modelos como ya adelantábamos en nuestro libro “La Empresa Virtual”, editado por McGraw Hill, cuya primera edición es de 1998. Ocho años más tarde, McGraw me pidió una nueva revisión del libro para una segunda edición, pues argumentaban que, a pesar de la excelente venta realizada con la primera edición, me había adelantado en 10 años. Y lo que más ilusión me ha hecho es que, hace unos meses, ha venido otra editorial para interesarse por los derechos del libro, ya que ahora me dicen que me había adelantado en 20 años.

En definitiva, si en 1995, en mi opinión, comenzamos el nuevo siglo, pero no nos enteramos realmente de que estábamos en él hasta el 2008, ahora hemos entrado en la Nueva Era, pero es seguro que nos enteraremos plenamente en la próxima crisis, en unos 10 o 20 años, si bien antes, con la implantación de la tecnología 5G, ya tendremos un adelanto.

Consecuencias del coronavirus: la globalización nacionalista

El presidente Trump manifestó, desde su primera campaña electoral, su intención de revisar la situación mundial creada por una globalización sin unas reglas de juego precisas, pues si bien se abría el mercado para todas las empresas, independientemente de su nacionalidad, lo cierto es que no todas competían en las mismas condiciones. Mientras las empresas de una determinada nacionalidad competían con sus propias fuerzas, otras de otras nacionalidades competían y siguen compitiendo con el apoyo y el soporte del Estado de su país de origen.

Debido a esta situación, Estados Unidos comenzó una guerra comercial con el resto del mundo, y muy especialmente con la UE. El caso de China es otra guerra con ciertas similitudes, pero donde el comienzo de hostilidades puede venir derivado del desarrollo tecnológico, y concretamente de la tecnología 5G, dominada por las empresas chinas y donde las empresas norteamericanas han quedado, de momento, fuera de la batalla por el liderazgo.

Esta situación le empujó hacia el intento de una cierta involución sobre lo que habíamos creado durante las últimas décadas a partir del 1 de enero de 1995, con la creación de la WTO. Así, en un intento de protección de sus empresas y sus industrias, empezó a revisar todos los acuerdos en los que Estados Unidos participaba como miembro, como NAFTA o APEC, de las que se salió, dejando el hueco a China -lo cual debió reconocer como un error- o parando la negociación con Europa, con la que ha empezado una guerra comercial por el asunto de las subvenciones a empresas.

Es decir, que su política es claramente nacionalista, como defensa ante los problemas generados por la globalización. Pero sus grandes empresas podrían sufrir de forma dramática en su volumen de negocio y en sus ingresos con estas medidas si no fueran compensadas con otras actuaciones. Y así, aparece el comercio electrónico como el gran rompedor de barreras, lo que permitirá a todas las empresas aprovechar la globalización desde la perspectiva comercial, mientras que la política nacionalista estará directamente relacionada con la producción, lo que nos llevará a un proceso de contra-deslocalización.

Es decir, que vamos caminando hacia una estructura empresarial en la que podemos ver cierta similitud con aquella estructura informática de hace unos años, que llamábamos cliente-servidor. Por lo tanto, todavía tenemos recorrido, que no sería otro que la virtualización de la empresa como similitud de computación en la nube.

El primer paso de virtualidad se ha producido, y podemos decir que se ha consolidado, en la cadena de distribución comercial, de tal forma que el comercio electrónico ha reducido un porcentaje relevante del coste, en este caso, del área comercial. Ahora, con la contra-deslocalización de las fábricas basadas ahora en alta tecnología, es decir, completamente automatizadas y robotizadas, ya no es necesario tenerlas ubicadas en países de mano de obra barata, ni donde la legislación permita todo tipo de flexibilidad laboral, llegando, como sabemos, a la esclavitud, incluso infantil.

Con la robotización de las fábricas, reducimos costes de forma dramática sin necesidad de tener que valernos de las flexibilidades que hasta ahora nos han dado los países emergentes. Con esta nueva configuración de las fábricas, considerando la dimensión de sus costes, podremos ubicarlas cerca de los mercados en los que tenemos la mayor concentración de consumidores. Y así reduciremos el tercer apartado de costes importante en la empresa, la logística, que se verá reducida en su triple vertiente. Por un lado, el transporte, que al ubicar las plantas de fabricación en los propios mercados de consumo, se reduce de forma dramática. La segunda vertiente se derivaría de la velocidad, ahora para, entre otras cosas, reducir el tiempo de desplazamiento. Sabemos que, en el sector textil, se está fabricando en alta mar, pero ahora no sería necesario recurrir a ninguna practica de dudosa ética para cubrir la demanda en tiempo, pues, como hemos dicho, las fábricas estarán ubicadas en los mercados de consumo.

Y, colateralmente a esta reducción del plazo de distribución, nos vendría una mejora de costes asimismo dramática. Los derivados del almacenamiento, ya que podríamos trabajar prácticamente en tiempo real o bajo pedido, lo que implicaría que no sería necesario o, cuando menos, se podría reducir el volumen de almacén, y consecuentemente, su financiación de manera muy importante.

Antes hemos establecido un paralelismo entre la configuración de la cadena de valor de las empresas, ubicando la fabricación en pocas grandes fábricas para abastecer a todo el mundo, con la arquitectura informática cliente-servidor. Siguiendo con los paralelismos tecnológicos, ahora lo podríamos comparar con el cambio de tecnología 4G, que requiere un número “reducido” de grandes antenas cubriendo cada una un área amplia, a la tecnología 5G, que por el contrario, requiere un despliegue enorme de pequeñas antenas y que multiplica la velocidad de transmisión.

¿El huevo o la gallina?

Me ha costado varios días enviar escribir esto, pero al final he pensado que me gustaría compartirlo a modo de reflexión. Hace un par de días, escuché al presidente de una Comunidad Autónoma que lo más importante era la salud de los ciudadanos de su Comunidad, olvidándose completamente del resto de los españoles, algo que me impactó por el egoísmo y falta de solidaridad que ello implicaba, junto con su escasez de miras. Y algo que no me ha extrañado en otros que todos conocemos y no voy a nombrar, pues no quiero darles ningún tipo de publicidad a quienes se han manifestado como compra su electorado, con un egoísmo y una cortedad de miras sin límite.

Pero también, hace unos días en el supermercado, ante una cola enorme de gente con varios carros hasta arriba, le pregunté a una persona de treinta y tantos o cuarenta años, con buen aspecto, si tenía inconveniente en que pasara para pagar, pues yo sólo llevaba 3 artículos. Y su respuesta fue que no, que no me dejaba, le di las gracias y me fui a otra cola para no estar cerca de él, y según me iba, en un acto que entiendo de cobardía, me dijo que no era responsabilidad suya, que había mucha gente detrás, pero nadie había dicho nada.

Al día siguiente, estaba yo en la cola y un señor llegó solo con una barra de pan y, por supuesto, le dije que pasara, para mí no era necesario ni que lo pidiera, pero el matrimonio que estaba delante, de unos 60 años, con un carro hasta arriba, no le dejaron pasar. Y estamos hablando en todos los casos de personas con una apariencia que podríamos calificar de buena, en un barrio más bien caro, donde se supone que el nivel de la gente es alto.

Esto me ha recordado lo que en un desayuno con mi buen amigo Lorenzo Amor, presidente de ATA, me hizo reflexionar. Fue cuando le comenté mi preocupación sobre ciertas actuaciones de ciertas personas de la clase política que se estaban traspasando a la actuación de los ciudadanos. A lo que él también me hizo otra reflexión, sobre si la actuación de ciertos ciudadanos es reflejo de la clase política o la actuación de la clase política es reflejo de la actuación de los ciudadanos.

Cómo configurar una empresa industrial

El presidente Trump insistía en su campaña electoral sobre la “contradeslocalización” de las fábricas de las empresas norteamericanas, animando a que cerraran sus plantas fuera del país y las volvieran a reubicar en territorio de los Estados Unidos. Con ello, se podría recuperar un número importante de puestos de trabajo y, si bien es cierto que ha conseguido una situación de pleno empleo en su país -por lo que hay que darle la enhorabuena-, tengo mis dudas sobre que el efecto de la repatriación de las fábricas haya sido el auténtico responsable de estos excelentes resultados. Hay varias razones para ponerlo en duda, y fundamentalmente debido a cómo se configuran las fábricas en el siglo XXI.

El primer pero al objetivo del presidente Trump es que muchas de esas empresas no es que hubieran deslocalizado sus fábricas, sino que habían externalizado la producción, con lo que en estos momentos carecen de las competencias necesarias para retomar el tema, de manera que no podrán actuar de acuerdo a los deseos del presidente.

Lo segundo es la configuración de las empresas industriales actuales. En países desarrollados, las plantas ya no son centros en los que trabajan miles de personas por turno, sino donde trabajan cientos o miles de robots y donde pocas decenas de personas supervisan los centros de control de la misma. Es decir, que si las empresas norteamericanas que aún mantienen sus plantas pero fuera de sus fronteras, volvieran a los Estado Unidos, en ningún caso se generarían los puestos de trabajo que ahora tienen en sus fábricas ubicadas en los países menos desarrollados.

Recuerdo que hace años, en la factoría de la Ford en Almusafes, me hicieron una demostración práctica y muy impactante de lo que estoy comentando. Primero, me mostraron la fábrica tradicional y me preguntaron sobre mi opinión al respecto. Y, la verdad, que lo que les dije, más allá de la política y los buenos modos, fue que era cierto, una fábrica con layouts muy bien definidos, un nivel de ruido muy aceptable y una limpieza también muy correcta.

Una vez les di mi opinión, me invitaron a visitar la última fábrica que habían instalado en aquellas instalaciones, y para pasamos por una puerta que parecía muy pequeñita, considerando la pared en la que estaba ubicada, que era la de separación de las dos fábricas. Cuando entré en la nueva, tuve que volver a salir y volver a entrar para dar crédito a lo que estaba viendo. Había entrado en un mundo de silencio absoluto, sin apenas personal, alguna decena vestidos con bata blanca que no hacían nada, sino supervisar los puntos de control, las piezas de los coches circulaban colgadas de unos raíles que iban a cierta altura con una velocidad determinada y en un espacio absolutamente impoluto, componiendo más una coreografía con un vals de música de fondo que lo que se podía esperar de una fábrica.

Después de mi sorpresa y asombro, pregunté a mi anfitrión cuál era la capacidad de producción comparativamente con la fábrica que habíamos visitado anteriormente, y me contestó que varias veces más. Y sobre el personal, me dijo que en la otra había tres turnos de más de 2.000 personas en cada uno, mientras que en esta nueva no pasaban de varias decenas por turno.

Recientemente me invitaron a visitar la fábrica de SEAT en Martorell, y allí puede constatar la tendencia en la actualidad, si bien el final, en un corto plazo, entiendo que será la plena robotización, en la que los robots y los trabajadores se mezclen para conseguir la máxima productividad.

Preguntados sobre los robots, si eran muy específicos o eran estándar, comentaron que lo que suelen hacer es identificar al equipo de trabajo más competente. Entonces lo filman durante sus horas de trabajo durante cierto tiempo, para con ello tener la información necesaria como para diseñar y programar el robot específico que pueda realizar el trabajo del equipo. No quise preguntar sobre el final del equipo para evitar preguntas incómodas cuya respuesta es obvia.

Entonces, pasamos por una parte de la fábrica donde estaban con un set de cámaras grabando a un equipo de trabajo y hablando con los componentes de ese equipo. Nos dijeron que estaban muy orgullosos, pues les habían seleccionado como el mejor equipo para realizar la grabación. Me quedé en silencio, aunque he de reconocer que me costó bastante.

Estos casos son claros ejemplos de hacia dónde va la configuración de las nuevas plantas industriales. Ni ruido ni aceite ni polvo ni personas, sino máquinas que tienen mayor eficiencia que las personas y ninguna reivindicación. Esta es la forma en la que podremos volver a recuperar la fabricación en los países desarrollados, pues entonces no dependeremos del nivel salarial ni de legislación vigente que nos permita reducir costes, y así reduciremos adicionalmente los costes logísticos, pues acercaremos la producción a los mercados.

Cómo configurar una empresa de distribución

Lo que hay que entender es que los hábitos de compra han cambiado del siglo XX al siglo XXI, debido a las tecnologías que permiten realizar cualquier tipo de actuación a distancia. Y ese es el caso de la compra y la posibilidad de actuación de los compradores.

En el caso de productos no perecederos, nos encontramos una nueva forma de compra que han denominado el boomi-rooming. Consiste en que el potencial comprador empieza realizando una investigación en línea, seguida de una comprobación del producto en la tienda. Que se convierte en un show room, pues una vez ha chequeado el producto o artículo en la tienda tradicional, el comprador vuelve a casa y lo compra por Internet. De tal forma que, si el producto es voluminoso, no tiene que preocuparse por el transporte, y en cualquier caso lo compra más barato.

Cuando hablamos de productos perecederos o semi perecederos, fundamentalmente nos referimos a limpieza y  alimentación. En el caso de los productos estandarizados, tipo latería, lácteos, envasados, etc., no es un tipo de producto que podamos considerar dentro de la compra lúdica, ni mucho menos, con lo que, mientras no tengamos la despensa inteligente, estos productos cada vez más serán comprados por Internet. Y así, nos quedarían los productos perecederos, que dependiendo del tipo de comprador, o bien realizará la compra en el local tradicional o bien la realizará para un cierto período de tiempo, semanal o mensual, a diferentes tiendas virtuales que son reconocidas por la garantía de calidad de sus productos, ya se trate de un especialista en pescado y marisco o en carne o en productos vegetales y frutas.

Por lo tanto, lo que podemos pensar es que, en estos momentos, el punto de venta tradicional pierde parte de su negocio en detrimento del punto de venta virtual. Porque, además, uno de los males de nuestro tiempo es precisamente, valga la redundancia, la escasez de tiempo. Y en un futuro cada vez más próximo, la permanencia en casa cada vez durante más tiempo, lo que los anglosajones denominan el coocooning, de tal forma que la salida de casa está más relacionada con el ocio que con la compra, salvo compras lúdicas y comprobaciones en el caso de boomi-rooming.

Uno de los problemas más tediosos en el punto de venta tradicional son las largas esperas en las cajas, ya sea para pagar o para realizar cualquier tipo de gestión, como las devoluciones. La solución de las esperas en las cajas puede realizarse de diferentes maneras. Una es la de incrementar el número de puestos de cajeras, lo que incrementaría los costes de forma tremenda, algo que tendría sentido en los momentos de pico, pero no así en los valles.

Otra alternativa sería la de implantar cajeros en los que el propio cliente realiza la operación, como ya tenemos en ciertos hipermercados. En mi opinión, se extenderá de forma muy importante, como en su momento lo hicieron los cajeros automáticos en la banca, lo que provocará la progresiva eliminación del puesto de cajera y la consecuente reducción de personal. Y así, implantar en esta parte de la cadena de valor el concepto mejor vendido, en mi opinión, en las relaciones cliente-empresa: el autoservicio, que ya tienen implantado en una parte importante de la cadena de valor en la tienda.

La otra opción es la que Amazon ha establecido en sus tiendas Amazon Go, en la que una vez identificado en la entrada el cliente, éste puede realizar todo el trabajo que en el pasado realizaban los dependientes. Y con los productos cargados en su bolsa puede salir de la tienda sin necesidad de esperar ninguna cola, pues diferentes sensores pueden perfectamente reconocer todo lo que han comprado y así proceder a la carga automática en su medio de pago declarado.

En cualquier caso, las empresas de distribución están condenadas, como el resto de los sectores, a repensarse el modelo ya trasnochado del pasado reciente y que muchas empresas tienen todavía implantado. Al igual que en otros sectores, seguimos con estructuras del siglo XX -o incluso XIX- en el siglo XXI, una era marcada por los desarrollos tecnológicos.

Ante estas premisas, el número de empleados en las empresas de distribución no pueden seguir siendo reponedores, organizadores y cajeros. Estas tareas serían realizadas por el propio cliente, apoyado por diversos tipos de elementos tecnológicos o directamente por robots, como todo lo relativo a la reposición y la organización, de tal forma que el personal de la tienda, como en otros sectores, debe ser personal de asesoramiento y venta, pero no de administración u operación.

En una tienda de ropa y accesorios, los antiguos dependientes, organizadores y cajeros deben ser reemplazados por auténticos asesores de imagen. En el caso de un hipermercado, los antiguos dependientes, reponedores y cajeros, deben ser reemplazados por personas con conocimiento suficiente de los productos como para aconsejar al cliente la compra a realizar en función de sus objetivos, y así sucesivamente.

Es decir, que el personal de operaciones va a desaparecer de los puntos de venta, mientras que el personal de asesoramiento cobrará una importancia fundamental. Como en todos los sectores, se tratará de reemplazar personas que realicen trabajos físicos, físicos y repetitivos por personal centrado en trabajos del conocimiento, profesionales verdaderamente expertos en los productos que venden y los equivalentes que vende su competencia, así como de las tendencias, etc.

Termino recordando a todos que estamos en el siglo XXI, dentro de un contexto tecnológico, y que las empresas no pueden seguir teniendo las estructuras del siglo XX o del XIX.