La batalla de los belenes… y una lección a propósito

Estoy escuchando todos estos días en la radio noticias sobre los belenes. Que si en un pueblo el Consistorio no quiere poner el Ángel de la Anunciación, y debido a la presión popular no le ha quedado más remedio que ponerlo. Que si en una ciudad la alcaldesa no pone el Belén en un lugar determinado, donde se había puesto tradicionalmente, y los ciudadanos empiezan a sembrar esa zona de pequeños belenes… Y así podemos seguir con múltiples ejemplos de muchos pueblos y ciudades españolas donde sus dirigentes, alcaldes y concejales piensan que el pueblo o ciudad cuyos intereses están gestionando fuera su cortijo y que pueden hacer lo que quieran, porque ellos mandan.

En mi carrera profesional aprendí algo muy pronto que quiero transmitir a todos estos “directivos públicos”, por si les sirve de ayuda. Y es que, cuando estás en un puesto de dirección, estás allí porque alguien de un nivel superior al tuyo te ha dado ese puesto en función de la confianza que tiene en ti y que no puedes traicionar.

En el caso de la empresa, son los dueños o accionistas quienes te dan el puesto, como ya he dicho, porque confían en ti. Y tú no puedes hacer lo que quieres o lo que es mejor para ti y tus intereses, sino lo que es mejor para ellos y sus intereses. Si no lo haces así, lo normal es que te despidan.

Pues en el caso público que comentamos, los dueños son los ciudadanos. Los directivos, los alcaldes y concejales, que están allí por la confianza que les han demostrado los ciudadanos, supuestamente en las urnas, y los clientes, que vuelven a ser los ciudadanos.

Cuando los dirigentes públicos se olvidan de esto y actúan según sus convicciones sin tener en consideración lo que sus dueños, es decir los ciudadanos, desean, están traicionando su confianza y rompiendo las bases del sistema democrático, convirtiendo su forma de gestión en un gobierno autoritario con premisas de Despotismo Ilustrado, cuya frase originaria conocemos: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Algunos dirigentes públicos podrían aducir que es que ellos pensaban que era lo mejor, o pensaban que era lo que querían los ciudadanos. Aquí podría ilustrarles con algo que me pasó hace años, y de la lección que aprendí. Fue en una empresa que dirigía y que se dedicaba a la venta de productos de informática y electrónica por catálogo, en cuyas campañas incluía productos muy novedosos.

Recuerdo que el equipo que seleccionaba los productos para las campañas estaba formado por profesionales con mucha experiencia y muy competentes, y me invitaban a que seleccionara yo un producto en cada campaña. Producto bautizaron como “el producto del jefe”. Sólo me dejaban que seleccionara uno, menos mal, pues si no, hubiera sido un desastre.

Yo seleccionaba el producto a partir de mis gustos personales, y campaña a campaña, era un desastre de ventas. Se vendían sólo dos unidades: una la compraba yo, la otra me imagino que un alma gemela. Y todo siguió así, con la broma de “el producto del jefe”, hasta que cayó en mis manos un libro que describía la forma de seleccionar productos en la venta a distancia, y al final decía algo así como: “si te gusta a ti, a tus familiares y amigos, deséchalo por principio”.

Con esa máxima bien presente, a la siguiente ocasión en que me pidieron que seleccionara un producto, apliqué el aprendizaje y seleccioné uno de los productos que me parecían horrorosos. El resultado fue que se acabó la broma de “el producto del jefe”, pues éste se vendió como cualquier otro. Y por supuesto que yo no compré ninguna unidad, pero sí hubo mucha gente que lo adquirió, lo que me demostró que yo no era el ombligo del mundo, ni suficientemente representativo.

Creo que es importante entender que cuando tienes que satisfacer a tus clientes, tienes que hacer lo que ellos esperan y no lo que tú crees o quieres. Éste es un síntoma de madurez de un directivo: aproximarte al mercado en función de lo que creen y esperan los clientes, y no lo que tú crees, te gusta o te apetece.

Volviendo al caso de la “batalla” navideña de los belenes, los alcaldes no deben tomar decisiones como si se tratara de su cortijo. Tienen que recordar que están en ese puesto con carácter temporal, mientras mantengan la confianza de sus dueños, los ciudadanos, y actúen según lo que desean sus clientes. Y, en este caso, no podemos abstraernos de que la realidad en España es que más del 70% de los ciudadanos se declaran católicos, y que además el Belén, más allá de lo que significa para los católicos, forma parte de la cultura popular. Y no se puede privar a los clientes, los ciudadanos, que además son sus dueños, de lo que desean en su mayoría, porque YO pienso, YO creo o YO quiero.

Mi experiencia en la empresa me enseñó, entre otras cosas, que si quería tener éxito de verdad en el largo plazo, tenía que prescindir del ego y tomar lecciones de humildad. Y siempre uniendo voluntades, no sembrando la discordia.

Y con esta última idea en mente, aprovecho para desearos a todos una Feliz Navidad, que la paséis con mucha paz y felicidad.

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