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Turismo: ¿es este el modelo que queremos en España?

A lo mejor puede parecer exagerado hablar de delincuencia, pero realmente estaríamos hablando de lo que es saltarse las normas permanentemente. No queremos centrarnos en el turismo borrachera, que posible es que el entorno en el que está inmerso y en las consecuencias del mismo haya algo delictivo. Además de lo que nos cuesta a los contribuyentes, pues este tipo de turismo puede generar ingresos y además muy sustanciosos a ciertos empresarios, pero a la sociedad puede costarnos dinero, debido a los destrozos y otras lamentables consecuencias.

Algo que se repite todos los veranos, y que no puedo con ello, es ver cómo ciudadanos impecables en sus países de origen, gente supuestamente de clase media e incluso clase media alta de países como Alemania, Francia, Rusia, etc… incumplen con total impunidad las normas establecidas ante la pasividad de las autoridades.

Amparándose en esta situación, hacen cosas que jamás harían en su país de origen, pues además les acarrearía problemas. Convierten el suelo en su papelera, aparcan donde les apetece sin tener en cuenta las prohibiciones, pasean con sus mascotas por sitios prohibidos y no recogen lo que ensucian; ponen la música a niveles realmente molestos, pasean por las calles sin camisa o polo, mostrando en muchos casos un torso patético y antiestético… Pero les da igual, nadie les dice nada y si alguien se lo dice, no suele ser una autoridad y pueden incluso encarase con él.

Este es el panorama que lamentablemente se repite año tras año cuando llegan los calores del verano y aparece la avalancha de turistas a nuestro país. Y todas las autoridades muy contentas porque vienen muchos. Pero cada vez se gastan menos, lo que hace pensar que algo mal esteramos haciendo.

La permisividad que se está demostrando ante lo que podríamos llamar falta de educación y de respeto a los demás, está provocando que el problema se incremente año a año. Porque la voz se corre por el mercado, y se va sabiendo que puedes venir y hacer lo que quieras sin problemas y sin actuaciones de las autoridades, que piensan que esta es una buena forma de atraer negocio. Y una vez más, los que tienen que tomar decisiones se equivocan, quizás por problemas de conocimiento, quizás por miedo a perder el negocio. Y los resultados son desastrosos.

Lo que está sucediendo es que esta permisividad atrae a un turismo mucho más barato. Las clases medias y medias altas van dejando paso a lo peor de la low cost class, pues esas mismas personas de cierto nivel se encuentran también molestas ante la falta de educación de sus conciudadanos, ya no es algo que sucede sólo con los locales.

Lo primero que habría que hacer es plantearse el turismo como lo que realmente supone y es para nuestro país: por encima del 10% del PIB, ni más ni menos. Creo que esto es para planteárselo muy en serio. Pero el problema es que el Turismo está en manos de las consejerías de las Comunidades Autónomas, cada una haciendo la guerra por su cuenta en vez de establecer una estrategia común apoyándose en que la unión hace la fuerza.

¿Qué modelo queremos, un turismo low cost, mucho volumen con poco gasto y poco margen o preferimos quizás menos volumen pero mucho gasto y más margen? Es fundamental que respondamos esta pregunta, y si la respuesta es la primera, pues nos quedamos como estamos, con un deterioro progresivo de gasto por turista y de margen. O por el contrario, si la respuesta es la segunda, tendríamos que cambiar radicalmente la aproximación al mercado.

Los productos normales exigen un mix de marketing muy diferente al de los productos de lujo, y España puede perfectamente ser un producto turístico de lujo. ¿Qué tendríamos que hacer?

Hay varios elementos y medidas que son fundamentales, pero lo primero sería crear un entorno de lujo. Y éste se consigue, entre otras cosas, haciendo respetar las normas que facilitan la convivencia. Ello propiciará que personas de nivel, con mayor poder adquisitivo, se sientan atraídas por un país en el que la gente se comporta con educación, las calles están limpias, hay seguridad… además del tesoro que tenemos de sol, playa, gastronomía, historia, etc.

A esto tendríamos que añadir, evidentemente, la calidad en el servicio, algo que brilla por su ausencia en nuestro país. A lo mejor habría que replantearse la estructura salarial, dando un mayor peso específico a la componente variable que se devengue del nivel de la prestación de los servicios.

Esto permitirá mejorar la calidad de los clientes, con mayor poder adquisitivo, mayor nivel de educación y mayor estabilidad. Lo que prestigiará el país y lo convertirá en un destino de turismo Premium. Es lo que precisaremos si en algún momento los países que pueden competir con nosotros se estabilizan, algo que ya pasó con los de la antigua Yugoslavia, alguno de los cuales nos ha quitado una parte relevante de nuestros tradicionales turistas Premium de Centroeuropa.

Cumplir las reglas y hacer cumplirlas es dar prestigio, atraer calidad. No es asustar, sino a aquellos que piensan que pueden hacer todo lo que quieran y además gratis.

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Transformación digital

He asistido muchas conferencias recientemente en las que el tópico ha sido la transformación digital, y además he visto muchos de los programas de muchas escuelas de negocio, muy especialmente de las que han nacido aprovechando el boom tecnológico, y la verdad es que me han causado una gran decepción. Porque he visto mucho de herramientas, pero muy poco o nada de fundamentos.

En una entrevista le preguntaron a Michael Porter sobre cuáles eran los cambios que se habían producido en Estrategia en las últimas décadas con la explosión de Internet y las Tecnologías de la Información en general. Su respuesta, que suscribo al cien por cien, fue que, en lo básico, en los fundamentos, no ha cambiado nada. Lo que ha cambiado es la forma, en las herramientas y en las posibilidades de comunicación.

Creo que este es el principio que tiene que presidir toda actuación directiva, sin menospreciar lo que sigue siendo clave, reconociendo su desconocimiento, si es así. Y sin sobrevalorar lo que es importantísimo en cada momento, como es la tecnología y especialmente las Tecnologías de la Información en la actualidad, donde Internet y las redes sociales cobran una especial relevancia.

En la actualidad, la digitalización de las empresas es fundamental para poder responder a una sociedad y un mercado digitalizado. Las empresas, recordemos, tienen que realizar su actividad económica en un entorno, y si estamos en la era de la Información e Internet, la web2.0 y las redes sociales, no cabe ninguna duda de que la empresa debe adaptarse o transformarse para alinearse con ese entorno. Y así tener razón de ser y luego aprender a ser competitiva utilizando de forma correcta las herramientas que el entorno ha puesto a nuestra disposición.

Por lo tanto, la transformación digital es un proceso de transformación como otro de los muchos que ha tenido que acometer la empresa a lo largo de la historia. El problema es que están intentando realizarla, en muchos casos, personas que carecen de los conocimientos y la experiencia suficiente en gestión empresarial.

Unos son técnicos o tecnólogos, en muchos casos magníficos, pero que de lo que saben es de Tecnología, de Comunicación Digital, de Internet, de Redes Sociales, etc… Pero carecen de los conocimientos y experiencia de management que hemos comentado. Otros, directamente, es que ni son tecnólogos ni son directivos, aunque tengan el título, y entonces entienden que la transformación digital es hacer una página web, más o menos sofisticada y tener presencia, en muchos casos indiscriminada, en las redes sociales. Y ya, para rematarlo, cambiar la fisonomía de la oficina, metiendo un futbolín y cambiando las mesas y los despachos por sofás y espacios abiertos.

Algunas de estas cosas no están mal o incluso están fenomenal. Pero eso no es transformación digital, es transformación al desastre. Lo primero es entender que la transformación debe ser consecuencia de un proceso, algo que ha sido fundamental a lo largo de la historia, y un proceso lleva tiempo y hay que actuar sobre las diferentes dimensiones de la empresa.

Lo primero que tiene que plantearse la empresa es si su modelo de negocio tiene sentido en el entorno actual. Si es así, revisar todos los aspectos estratégicos, a los tres niveles: Corporativo, Competitivo y Funcional. Y terminar con la revisión de la cadena de valor y comprobar que todas las actividades que están incluidas son las correctas, si hay alguna que sobra o alguna que falta, es decir, qué hay que revisar y si tiene sentido modificar la cadena de valor.

A continuación, habrá que plantearse si las actividades de la nueva cadena de valor deben ser realizadas por personas o pueden ser robotizadas, es decir, realizadas por máquinas que realicen las actividades de forma más barata, más precisa y con mayor consistencia y rapidez.

Al final, en la actualidad, será casi seguro que tendremos un mix de personas y máquinas, y tendremos que redefinir nuevos procesos que permitan o faciliten el trabajo complementario entre ambos. Y aquí tendremos que ver el perfil de las personas que van a trabajar en las actividades de la cadena de valor y consecuentemente redefinir, si es necesario el layout y si tiene sentido, poner un futbolín, un ping-pong, sofás y fardos de paja, en espacios abiertos. Pero sólo si de verdad va a ayudar a que las personas trabajen mejor y sean más productivas. Si no es así y la empresa no resulta más competitiva, hay que olvidarse de trabajar en la forma. El dinero de la empresa no se puede gastar, hay que invertirlo.

A lo mejor, lo que hay que hacer es rodearse de profesionales autónomos que trabajen desde casa y podemos reducir muchos costes de oficina y de personal. En función del modelo que entendamos estratégicamente más adecuado, tendremos que ver la forma de dirigirlos, si bien me atrevería a asegurar que un modelo basado en un liderazgo real y no teórico ni de libro, debe ser el pilar de los nuevos modelos de dirección.

La forma de trabajar seguro que estará basada en equipos, pero ¿de qué tipo? Es de suponer que deberían ser equipos de proceso, multiculturales y multidisciplinares, pero la pregunta es si deben ser presenciales o virtuales. Como parte de la transformación digital, apostaría firmemente por la virtualidad.

La compensación debería tener como pilar una fuerte componente variable, en función de la contribución, con un peso específico muy importante para la contribución del equipo y donde habría que contemplar el papel o el peso de la máquina en la generación de valor.

Una vez que tenemos la estrategia, la organización y los recursos humanos, es el momento de establecer los sistemas de información que nos ayuden a la realización del trabajo interno y a las formas de estar presente en el mercado con garantías de éxito. Aquí aparecerán la web, las redes sociales, etc… pero ya con una infraestructura por detrás que garantice el éxito.

La batalla de los belenes… y una lección a propósito

Estoy escuchando todos estos días en la radio noticias sobre los belenes. Que si en un pueblo el Consistorio no quiere poner el Ángel de la Anunciación, y debido a la presión popular no le ha quedado más remedio que ponerlo. Que si en una ciudad la alcaldesa no pone el Belén en un lugar determinado, donde se había puesto tradicionalmente, y los ciudadanos empiezan a sembrar esa zona de pequeños belenes… Y así podemos seguir con múltiples ejemplos de muchos pueblos y ciudades españolas donde sus dirigentes, alcaldes y concejales piensan que el pueblo o ciudad cuyos intereses están gestionando fuera su cortijo y que pueden hacer lo que quieran, porque ellos mandan.

En mi carrera profesional aprendí algo muy pronto que quiero transmitir a todos estos “directivos públicos”, por si les sirve de ayuda. Y es que, cuando estás en un puesto de dirección, estás allí porque alguien de un nivel superior al tuyo te ha dado ese puesto en función de la confianza que tiene en ti y que no puedes traicionar.

En el caso de la empresa, son los dueños o accionistas quienes te dan el puesto, como ya he dicho, porque confían en ti. Y tú no puedes hacer lo que quieres o lo que es mejor para ti y tus intereses, sino lo que es mejor para ellos y sus intereses. Si no lo haces así, lo normal es que te despidan.

Pues en el caso público que comentamos, los dueños son los ciudadanos. Los directivos, los alcaldes y concejales, que están allí por la confianza que les han demostrado los ciudadanos, supuestamente en las urnas, y los clientes, que vuelven a ser los ciudadanos.

Cuando los dirigentes públicos se olvidan de esto y actúan según sus convicciones sin tener en consideración lo que sus dueños, es decir los ciudadanos, desean, están traicionando su confianza y rompiendo las bases del sistema democrático, convirtiendo su forma de gestión en un gobierno autoritario con premisas de Despotismo Ilustrado, cuya frase originaria conocemos: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Algunos dirigentes públicos podrían aducir que es que ellos pensaban que era lo mejor, o pensaban que era lo que querían los ciudadanos. Aquí podría ilustrarles con algo que me pasó hace años, y de la lección que aprendí. Fue en una empresa que dirigía y que se dedicaba a la venta de productos de informática y electrónica por catálogo, en cuyas campañas incluía productos muy novedosos.

Recuerdo que el equipo que seleccionaba los productos para las campañas estaba formado por profesionales con mucha experiencia y muy competentes, y me invitaban a que seleccionara yo un producto en cada campaña. Producto bautizaron como “el producto del jefe”. Sólo me dejaban que seleccionara uno, menos mal, pues si no, hubiera sido un desastre.

Yo seleccionaba el producto a partir de mis gustos personales, y campaña a campaña, era un desastre de ventas. Se vendían sólo dos unidades: una la compraba yo, la otra me imagino que un alma gemela. Y todo siguió así, con la broma de “el producto del jefe”, hasta que cayó en mis manos un libro que describía la forma de seleccionar productos en la venta a distancia, y al final decía algo así como: “si te gusta a ti, a tus familiares y amigos, deséchalo por principio”.

Con esa máxima bien presente, a la siguiente ocasión en que me pidieron que seleccionara un producto, apliqué el aprendizaje y seleccioné uno de los productos que me parecían horrorosos. El resultado fue que se acabó la broma de “el producto del jefe”, pues éste se vendió como cualquier otro. Y por supuesto que yo no compré ninguna unidad, pero sí hubo mucha gente que lo adquirió, lo que me demostró que yo no era el ombligo del mundo, ni suficientemente representativo.

Creo que es importante entender que cuando tienes que satisfacer a tus clientes, tienes que hacer lo que ellos esperan y no lo que tú crees o quieres. Éste es un síntoma de madurez de un directivo: aproximarte al mercado en función de lo que creen y esperan los clientes, y no lo que tú crees, te gusta o te apetece.

Volviendo al caso de la “batalla” navideña de los belenes, los alcaldes no deben tomar decisiones como si se tratara de su cortijo. Tienen que recordar que están en ese puesto con carácter temporal, mientras mantengan la confianza de sus dueños, los ciudadanos, y actúen según lo que desean sus clientes. Y, en este caso, no podemos abstraernos de que la realidad en España es que más del 70% de los ciudadanos se declaran católicos, y que además el Belén, más allá de lo que significa para los católicos, forma parte de la cultura popular. Y no se puede privar a los clientes, los ciudadanos, que además son sus dueños, de lo que desean en su mayoría, porque YO pienso, YO creo o YO quiero.

Mi experiencia en la empresa me enseñó, entre otras cosas, que si quería tener éxito de verdad en el largo plazo, tenía que prescindir del ego y tomar lecciones de humildad. Y siempre uniendo voluntades, no sembrando la discordia.

Y con esta última idea en mente, aprovecho para desearos a todos una Feliz Navidad, que la paséis con mucha paz y felicidad.

Colaboración: mejor un porcentaje de algo que el cien por cien de nada

Después de trabajar en unos siete u ocho países de dos continentes –Europa y América-, con pequeñas y medianas empresas y con emprendedores y autónomos, he llegado a la conclusión de que están perdiendo la gran oportunidad que el mundo actual les está brindando. Porque no saben colaborar. Porque no quieren compartir.

La colaboración, la llamada relación de partnership, es bastante habitual entre las grandes empresas y corporaciones, incluso entre competidores. Sin embargo, cuando hablamos de medianas, la colaboración se hace más difícil; cuando la empresa es pequeña es más difícil todavía; y cuando llegamos al nivel de emprendedores y de autónomos, se hace casi imposible.

En múltiples ocasiones hemos hablado de las características del mercado actual: un escenario en el que la competencia ha alcanzado niveles nunca hasta ahora conocidos, pues el desequilibrio entre la oferta -es decir, entre la capacidad tecnológica de producir bienes- y la demanda -esto es, la capacidad de compra del mercado- es enorme. En la mayoría de los sectores, la capacidad de producción multiplica ampliamente la capacidad de absorción por el mercado.

Esto nos lleva a que no todos los competidores de un sector tienen posibilidades de sobrevivir. Sólo los mejores pueden no ya sobrevivir, sino tener éxito, porque si bien la hiper-competencia es la parte negativa para los proveedores, la parte positiva del mercado actual es su globalidad. Y por lo tanto, las posibilidades para los grandes competidores son espectaculares.

Además, según apuntan en su libro “El fin de la clase media” Gaggi y Narduzzi, es un mercado en crecimiento. En la década del 2000 al 2010 se incorporaron al consumo aproximadamente 300 millones de nuevos consumidores procedentes de los países emergentes. Y durante la actual década, del 2010 al 2020, se espera la incorporación de aproximadamente 1.000 millones de nuevos consumidores procedentes igualmente de los países emergentes, fundamentalmente de la República Popular China, de India, y de otros países del continente asiático.

Durante las últimas décadas, los países emergentes han ido configurando una clase media, pero es una nueva clase media, es la que los mencionados Gaggi y Narduzzi califican de clase low cost. En paralelo, en los países emergentes, la clase media tradicional está perdiendo poder adquisitivo, con lo que se va produciendo una convergencia entre la nueva clase media de los países emergentes y la nueva clase low cost de los países desarrollados. De tal forma que, en un nuevo proceso de segmentación, esta clase resultado de la convergencia debe ser el objetivo de las empresas, salvo que su sector sea el del súper-lujo o la innovación.

La estrategia para competir en este nuevo mega-segmento de mercado, es la que Michael Porter denomina de liderazgo en costes. Esto es, sin dejar de proveer un servicio adecuado y entregar un producto con la calidad esperada por el mercado, el precio se convierte en la clave en la decisión del cliente.

De ahí que haya que cambiar el objetivo en la transacción. Si en un pasado fue obtener el máximo beneficio posible, con lo que con pocas transacciones las empresas podían ganar mucho dinero, en la actualidad esto ha cambiado: tenemos que conseguir el mínimo beneficio necesario por transacción y el volumen importante de beneficio se conseguirá aprovechando la enorme magnitud del mercado y de esta mega clase social.

Por lo tanto, si hay que competir por precio, las grandes empresas deberían partir con el hándicap de que tienen que mantener estructuras muy pesadas. Pero a cambio, consiguen economías de escala aprovechando el mercado global. Y mientras tanto, pymes y autónomos, perdiendo su gran oportunidad, pues cuentan con unos costes mínimos de estructura, lo que les abre de par en par las puertas de este nuevo mercado. El problema para superar en competitividad a la gran empresa es la consecución de las economías de escala, y aquí es donde se paran y en muchos casos termina su aventura empresarial.

Los pequeños, en estos momentos, tienen que entender que su reducido tamaño es ideal para competir en un mercado que es rápido y orientado al precio. Pero por lo general suelen quedarse mirando el árbol. Si descubrieran el bosque, se darían cuenta de que el volumen lo pueden conseguir en colaboración con terceros, y el complemento de la cadena de valor igualmente colaborando con otros emprendedores y autónomos que son especialistas en actividades complementarias. Así podrían incrementar su volumen hasta donde sea necesario, con una estructura de costes óptima, fundamentalmente variable, lo que les haría competir en precio sin problemas.

En términos de calidad, si han elegido bien a los autónomos o emprendedores complementarios con los que colaborar, seguro que estarán al nivel de las grandes corporaciones. Si no mejor, pues al ser un conglomerado de pequeños, seguro que tienen, de forma natural, más empatía con los clientes.

Para implantar esta estrategia de liderazgo en costes, para aproximarse al mega segmento del low cost, se precisa por lo tanto aprender a trabajar en colaboración, aportando cada uno el máximo y con la mayor transparencia. Aunque, por supuesto, reservándose sus secretos del éxito, aquello que te hace único y especial en el mercado.

Aquí es donde fallan los pequeños, pues son muy celosos de lo poco que a veces saben y no quieren compartirlo con nadie por si se lo copian. Y si lo guardan en una caja fuerte, poco negocio podrán hacer. Deberían reflexionar sobre la realidad de que más vale un porcentaje de algo que el cien por cien de nada. Aprender a colaborar y a compartir. Ahí está el secreto del éxito actual.

Impuestos y gestión

Los impuestos son la herramienta con la que cuentan los gobiernos para garantizar sus ingresos y luego proceder a su redistribución. Tradicionalmente, en las civilizaciones antiguas, los comunes entregaban a los jefes diferentes tipos de productos que éstos guardaban en sus almacenes para luego entrar en un proceso de redistribución, o lo que el antropólogo Marvin Harris denomina banquetes redistributivos. Cuanto más abundantes eran los almacenes, y consecuentemente los banquetes redistributivos, más poder tenía el jefe.

Pues bien, parece que algunos gobernantes tienen una fuerte reminiscencia de nuestros antepasados. Quieren potenciar su poder a base de engordar el almacén, incrementando los impuestos, en muchos casos de forma desmedida. Y además, no completan el proceso sino sólo parcialmente, pues la redistribución en vez de ser total, es sólo parcial, ya que si bien hay una parte que llega a todos, hay otra parte que sólo llega a sus más próximos. Algo que fue sucediendo en el pasado, cuando se fueron configurando los estados como sustitutos de las aldeas.

Esta situación provoca lo que podríamos denominar un estado de esclavitud para una parte de los comunes, que si bien reciben una parte de lo que aportan en concepto de servicios comunes, hay una parte muy importante de su aportación que se la quedan directamente los gobernantes. En unos casos para disfrute propio o de sus allegados, concretándose en sueldos desproporcionadamente altos, coches oficiales, tarjetas de crédito, dietas, jubilaciones excepcionales y demás privilegios; y en otros casos, es dilapidado por una mala gestión.

Este fenómeno produce una división en la que la clase media, pilar del desarrollo económico en los tiempos más recientes. Empieza a desaparecer para quedar los ricos, unos pocos y los pobres, cada vez más. El problema que se viene encima entonces es una gran depresión económica, pues los pocos ricos, por mucho que consuman, no pueden llegar a consumir tanto como podría hacerlo toda la sociedad si esa redistribución fuera correcta. Lo que nos llevaría a un cuestionamiento sobre la necesidad de producir al nivel que se está produciendo en la actualidad.

La solución para no hacer un tipo de redistribución injusta, donde los que más aportan sean los perjudicados, sería, una vez se redistribuye la parte necesaria en servicios básicos -tales como sanidad, educación, servicios sociales, etc…-  exigir a los gobernantes que no almacenen en demasía o dilapiden o utilicen los excedentes en beneficio propio, sino que lo devuelvan a los que han aportado en exceso y así recuperen éstos la capacidad de consumo que estimule el consumo y la economía.

Y si queremos ser más eficientes, ¿para qué recaudar en exceso y luego devolver? Hay que gestionar bien, ajustando los impuestos a lo mínimo necesario para garantizar los servicios básicos comunes y reducir los privilegios de su clase, para no tener que entrar en el proceso innecesario de devolución.

Este es uno de los aspectos que agobian a cualquier autónomo y a cualquier emprendedor, normalmente escaso de caja: tener que adelantar unos impuestos, en muchos casos excesivamente altos, que luego, en el mejor de los casos, recuperan al cabo del tiempo, a veces demasiado largo.

Si queremos estimular la demanda, y consecuentemente animar la economía, los gobernantes tienen que reducir la carga impositiva de forma dramática. Para ello, lo que tienen que hacer es eliminar sus excesos, recudir el derroche, ya sea caprichoso o por incompetencia. Por lo que tienen que aprender a gestionar. Un gobernante debe tener, además de ética y honestidad, un nivel de conocimiento que le permita gestionar sabiendo lo que hace.

Dentro de esta gestión, lo que deben considerar los gobernantes es que los impuestos pueden ser fijos y variables, y que todo o una parte de lo que se deja de recaudar por disminución de impuesto fijo, se recupera, algunas veces con creces, en concepto de variable. Si bien es cierto que es más fácil gestionar con los ingresos garantizados, también es cierto que estamos en un mundo donde el variable es la clave.

Los gobernantes, por lo tanto, tienen que gestionar de forma profesional de acuerdo con el momento en el que estamos viviendo, en el que los ingresos no están garantizados para nadie y las instituciones deben adaptarse al momento.

La clave está en tener en mente la ecuación Bª=Ingresos-Gastos, pues todos los gestores de grandes empresas, pymes, emprendedores y autónomos conocen sus gastos, es decir, están en entornos de certidumbre. Pero no así los ingresos, que están en entornos de incertidumbre. Y los gobernantes no deben ser diferentes. Si no es para mejor, aferrarse a asegurar los ingresos a través de los impuestos fijos, es una forma de demostrar la desconfianza que ellos mismos sienten en su gestión o su ansia por garantizar sus privilegios.

Cuando un emprendedor o un autónomo no alcanza el nivel de beneficios adecuado, se resiente en sus propios ingresos. ¿Por qué los gestores estatales tienen que ser diferentes? Se les puede aceptar que se garanticen un salario fijo, pero austero y que luego tengan un complemento variable en función de la bondad de su gestión, como pasa con todos los profesionales.

La exigencia desde la sociedad no puede ser otra que una reducción dramática de impuestos fijos, como coincidíamos el Nobel Edward Prescott y yo en el Nobell`s  Colloquia 2008. Un nivel razonable de impuestos variables, austeridad en la compensación de los gobernantes y eliminación de una serie de privilegios que incrementen innecesariamente los gastos de las cuentas del Estado, cuadrando a cero los beneficios. Porque no se trata de devolver mucho, de banquetes redistributivos espectaculares que diría el antropólogo Marvin Harris, sino de recaudar lo adecuado para proveer los servicios básicos y cuadrar las cuentas a cero.

Esto, sin duda, estimulará la economía y la actividad comercial en general, pero de forma alegre y entusiasta.

Automoción en España, un barril de pólvora

Automoción en España

El del automóvil es un sector claramente estratégico en España, tanto por el número de empleados como por sus aportaciones en términos de know how y de exportación. De hecho, representa el 6% de nuestro PIB.

Ocupamos el segundo lugar en fabricación de coches en Europa y el puesto 12 a nivel mundial, exportando más del 85% de los vehículos fabricados al resto del mundo. Ello supone más del 17% de las exportaciones de España de bienes y servicios, dando empleo directo a casi 60.000 trabajadores.

Todas estas cifras son impresionantes, pero el problema es que ninguno de estos fabricantes de automoción es español. Es más, no contamos con ninguna empresa española fabricante de coches. Por lo tanto, todas las decisiones sobre el sector en España y sobre sus miles de empleados y sus exportaciones se toman a muchos kilómetros de distancia, lo que nos hace tremendamente vulnerables.

Sí es cierto que al menos España ha desarrollado una potente industria nacional de componentes, donde podemos hablar de más de 1.000 empresas de las cuales un porcentaje alto son españolas. Y si bien son dependientes de los fabricantes de coches, también es cierto que las decisiones estratégicas sobre su futuro sí se toman en nuestro país, por lo que los aproximadamente 245.000 empleados de estas empresas pueden estar relativamente tranquilos.

Cuando aparecen entonces noticias como las están ocupando todos los titulares estos días sobre Volkswagen, afirmar como las autoridades están afirmando de que aquí en España no va a haber problemas, que Volkswagen, va a mantener sus inversiones, los puestos de trabajo y el nivel de fabricación, cuando menos podemos calificarlo de voluntarista. Eso es lo que nos gustaría pero… ¿Podemos determinar el futuro de una empresa que no podemos controlar en su día a día?

Lamentablemente, las malas decisiones tomadas por personas a muchos kilómetros de distancia de nuestro país pueden afectar de forma dramática a una industria en la que somos enormemente capaces como demostramos, pero en la que estamos de prestado.

La inquietud que se nos abre a partir de ahora es qué puede pasar con el 6% de nuestro PIB ¿Va a ser este un hecho aislado? ¿O por el contrario es esto la punta del iceberg y va a haber un efecto dominó? Esperemos que no sea así, pero lo que está claro es que no sabemos lo que realmente pasa y lo que se decide a alto nivel una industria fundamental para la economía española.

Que Dios nos pille confesados, porque estamos sentados en un barril de pólvora.

¿De qué sirven los acuerdos internacionales?

Acuerdos internacionales

Hemos vivido unos meses frenéticos en lo que se a refiere a acuerdos internacionales. Acuerdos que, aparentemente, nadie de los que los propugnan, acuerdan y ratifican se cree.

Empecemos por el de Grecia y la UE. Al final no sé para evitar qué, porque todo parece un cúmulo de despropósitos y nos encontramos con que el presidente del gobierno griego tenía que aprobar las condiciones del acuerdo con los votos de la oposición, pues los de su partido no querían aceptarlas, y es más, decían que no era un acuerdo viable.

Por si eso era poco, el señor Tsipras trabajó primero para conseguir el “no” a un acuerdo más suave del que luego ha trabajado para aceptar, diciendo en su país que no quedaba más remedio pero que era inviable.

Por otra parte, en la UE hay voces como la del ministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble, que también dice que este plan no tiene ningún futuro y que la solución es que Grecia salga de la Unión Europea Monetaria.

Esto me recuerda a esos insensatos, por llamarlos de alguna manera, que en el mundo de la empresa, cuando se plantea un negocio y en consecuencia hay que negociar y firmar un contrato, dicen que los contratos son para no cumplirlos, y los firman con una alegría increíble.

Por otro lado, nos encontramos con las negociaciones y acuerdos del marco nuclear a los que han llegado Irán y los países del  G5+1. Por cierto, algo que siempre me ha sorprendido, con qué fuerza moral los países con armamento nuclear pueden cuestionar que otros tengan el mismo objetivo.

Pues bien, el ayatollah Ali Khamenei dijo que el acuerdo no va a cambiar la postura de Irán hacia Estados Unidos, y que Teherán seguirá apoyando a la guerrilla libanesa Hezbollah y a los grupos insurgentes palestinos.

Es decir, que se llega a acuerdos de proximidad a cambio de conseguir un compromiso de, digamos, tranquilidad. Pero tan pronto como se llega al acuerdo a nivel internacional, los mensajes que se lanzan una vez los negociadores llegan a sus países son los contrarios a los postulados en los acuerdos a los que se ha llegado.

¿Qué tipo de seguridad puede ofrecer la posición de los políticos actuales, si a todo lo que negocian y acuerdan, dicen que no es viable o que no lo van a cumplir? ¿Qué empresa multinacional puede seguir apostando por su presencia en un país, si los políticos actuales, en vez de comportarse como hombres de Estado, se están mostrando como buscadores de escaños, y cualquier acuerdo internacional al que se llegue resulta que no tiene una validez práctica real?

Esto provoca que las empresas, para garantizar su futuro, tengan que pensar cada vez más, y en la medida de lo posible, en el desarrollo tecnológico de sus negocios para llegar a todos los países sin instalarse en ellos, esto es,  globalizándose de forma virtual.