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“No me arrepiento de nada”

Recientemente, una tarde, escuché en la radio una entrevista a un político sobre una acción que realizó en el pasado, hacía más de diez años, y le preguntaban si ahora, diez años después, supuestamente con otra perspectiva, haría lo mismo y si se arrepentía de algo. La respuesta fue tajante: “estoy seguro de que volvería a hacer lo mismo, no me arrepiento de nada”.

Esa misma noche, ya en la cama, estaba escuchando uno de los programas deportivos que se emiten a esas horas, y durante una entrevista que le estaban haciendo a un entrenador de fútbol muy famoso, le preguntaron si se arrepentía o hubiera actuado ahora de forma diferente a como actuó hace unos años cuando entrenaba a otro club. La respuesta fue tan tajante si no más que la del político: “estoy seguro de que no me arrepiento de nada y actuaría de la misma manera”.

Da igual a quién le hacen la pregunta, si es político, si es deportista, si es empresario, si es periodista… En este país nadie se arrepiente de nada de lo que ha hecho hace un determinado número de años. Cuando escucho esas aseveraciones, me da una pena enorme. Porque lo que están aseverando todos es que no han aprendido nada en los años que han transcurrido entre el momento en que hicieron aquello y el momento en el que le están preguntando. Es decir, no han aprendido nada, en algunos casos, en 15 o 20 años.

El problema no se queda aquí. Tengamos en cuenta que a los que les hacen esta pregunta en los medios de comunicación se supone que son gente con cierta fama por algún motivo y consecuentemente son referente para un tipo de público, entre los que siempre se va a encontrar un porcentaje de gente joven que se supone que está en proceso de aprendizaje y para la que los famosos son un referente importante, tienen influencia sobre ellos. Y si ven que sus referentes actúan de una determinada manera, lo normal es que tiendan a copiarles, lo que va generando progresivamente una cultura de prepotencia absurda y peligrosa en la sociedad. Así, nos vamos convirtiendo en una sociedad sin capacidad de aprendizaje, lo que es de una gravedad enorme, pues impedirá nuestro progreso.

La forma que el ser humano tiene de aprender es a través del estudio, de los consejos de personas más experimentadas y del análisis de los resultados e implicaciones que han tenido las acciones que ha realizado en el pasado, que es lo que va incrementando nuestra experiencia.

Con la postura orgullosa y prepotente que están demostrando nuestros referentes, estamos eliminando dos de las tres formas de aprendizaje y anulando la otra por inservible. Es más, una de ellas, los consejos de personas más experimentadas que además son referente, no solo no está ayudando a aprender a los más jóvenes, sino que les está proporcionando un aprendizaje indeseable. Porque el mensaje es no cambies, insiste en la bondad de lo que has hecho en el pasado, no te arrepientas de nada, da igual lo que haya pasado, si reconoces que cambiarías ahora tu decisión o tu actuación, estás aceptando que te equivocaste y eso no puede aceptarse nunca.

Este planteamiento hace que, automáticamente, te replantees para qué estudiar, pues se supone que lo que estás aprendiendo en los estudios no vas a poder aplicarlo si no refuerza lo que hiciste en el pasado. Si como consecuencia del aprendizaje en los estudios ves que o te habías equivocado o que podrías haberlo hecho de forma diferente, estás aceptando el principio contrario a la actitud que nuestra sociedad te está inculcando, esto es, no aceptes ningún error o duda o equivocación por principio.

Y con la tercera forma de aprendizaje, la de analizar las implicaciones que tuvo la decisión o la acción que realizamos en su momento, tampoco es una vía de aprendizaje, según nuestra sociedad. Porque al negar la mayor, da igual las implicaciones, directamente no tiene sentido ni analizarlas.

Si nuestro país quiere progresar, nuestros referentes o personas influyentes tienen que eliminar la prepotencia con la que están actuando. Tienen que ser humildes, tienen que aceptar públicamente que hay que aprender de las decisiones y actos del pasado, analizando sus implicaciones y descubriendo nuevas formas de actuación a través de lo aprendido en los estudios y de escuchar a personas más experimentadas.

Aceptar que si tuvieras que tomar la decisión que tomaste hace unos años ahora probablemente no la hubieras tomado o tomado otra, no es un síntoma de debilidad, es un síntoma de madurez.

Aceptar que algo que hiciste hace varios años, si tuvieras que hacerlo ahora, lo harías de forma diferente es demostrar que has madurado y que has aprendido, y este es el auténtico camino para la mejora continua, para ser mejor. Este aprendizaje es el que nos diferencia de los animales, Si lo despreciamos, ¿qué va a ser de nuestra sociedad?

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La complacencia, enemiga de la mejora

Veía un día en televisión el casting de Operación Triunfo, y en las entrevistas que les hacían a los aspirantes, todos respondían lo mismo: “he dado todo lo que tengo y me he exprimido en el escenario, con lo que si no me seleccionan, pues qué lo vamos a hacer, he disfrutado y me he divertido mucho…”. Siempre dando a entender, y algunos de forma explícita, que lo habían hecho fenomenal y que son los mejores. Ninguno reconocía si había otros que lo habían hecho mejor o que ellos tenían todavía mucho campo de mejora, y que si no les seleccionaban ahora, a la próxima lo harían mejor. No, ninguno hacía esta reflexión.

Más grave todavía, porque ellos ya habían pasado su casting y ahora nos representaban a nivel internacional, con los costes que eso implica, los atletas de la selección de atletismo. En el último Campeonato de Europa al aire libre celebrado el año pasado, en el que el papel de nuestros seleccionados fue más bien pobre, cuando pasaban por la posición de los comentaristas de televisión y atendían a sus preguntas, las respuestas siempre eran las mismas “He dado todo lo que tenía, el puesto que he obtenido no importa, yo he venido aquí a disfrutar y a divertirme…”, pero ninguna referencia a la mejora, si habían aprendido y a partir de ahora, con más esfuerzo, estarán más próximos a las medallas.

Así y todo, el colmo lo tienen nuestros representantes en el Festival de Eurovisión, que a pesar de cosechar fracasos importantes, cuando les hacen la entrevista, los entrevistadores comienzan dándoles la enhorabuena por su magnífica actuación, aunque no hayan tenido suerte. A lo que ellos responden lo que todos, “hemos dado todo en el escenario, y hemos venido aquí a disfrutar y lo hemos pasado genial….”. Todo a costa del erario público.

En una prestigiosa escuela de negocios en la que he impartido clase durante unos 25 años, prohibí que nadie me presentara cuando empezaba un curso. Porque además de no saberse mi CV de verdad, se empeñaban en decirles a los alumnos que se iban a divertir mucho conmigo. Cuando empecé a presentarme yo, además de citar los aspectos que pudieran ser de mayor interés para ellos, les advertía que mi objetivo no era que se divirtieran, sino que aprendieran, y que consecuentemente que disfrutaran de las clases porque les iba a facilitar mejorar profesionalmente.

Podría poner muchos más ejemplos de nuestro día a día, pero no quiero extenderme más, creo que estos ya ilustran suficientemente la mentalidad de nuestra juventud. En un gran porcentaje, su capacidad de mejora es mínima, es más, diría que no tienen. Quizás han visto el ejemplo en generaciones anteriores, o más bien las generaciones anteriores se han dedicado a jalearles toda la vida, diciéndoles a todo que lo están haciendo muy bien. Y en el proceso de aprendizaje se les ha facilitado todo tipo de herramientas y técnicas, pero se han olvidado los valores.

Creo que estamos en un punto en el que deberíamos reflexionar muy seriamente sobre lo que queremos para nuestras próximas generaciones. Nos vale con el famoso eslogan de las épocas de Franco en la que se decía que “lo importante es participar”, y claro es que en aquella época estábamos solo preparados para ser comparsa, para participar, porque desde nuestro físico hasta nuestros conocimientos no estaban para ganar. Pero con relación a entonces, nuestro físico ha ido cambiando y ahora estamos por encima de la media de altura europea. También, después de muchos años de aprendizaje y de esfuerzo, nuestro nivel de conocimiento fue equiparándose a los niveles internacionales.

Tuvimos un recorrido ascendente importante durante años, cuando la palabra que más se repetía y teníamos interiorizado era ESFUERZO. Sabíamos que teníamos que esforzarnos para mejorar y no perdíamos oportunidad por aprender o por entrenar duro. Y este recorrido se mantuvo aproximadamente hasta el 2000-2005, algo que he podido observar desde la atalaya de mi posición como profesor universitario y de escuelas de negocio.

A partir del 2000-2005, se empezó a ver una caída en los conocimientos, y por lo que sigo, en ciertos deportes. Con increíbles excepciones, como Rafael Nadal, Carolina Marín o Saúl Craviotto, por citar a algunos de los más populares y a los que acompañan otros menos mediáticos y no con los mismos resultados, pero también excelentes y mejorando. El común denominador de todos ellos es que cuando no ganan, reconocen que el que ha ganado ha sido mejor y que ellos tienen que seguir esforzándose por mejorar.

El resto, los que tienen resultados normales, mediocres o malos, se mantienen en esos niveles porque no tienen la humildad de reconocer que lo han hecho mal, o que los otros competidores lo han hecho mejor. La palabra esfuerzo no forma parte de su vocabulario, quizás porque no se la han escuchado a sus progenitores ni a sus formadores. Éstos se han empeñado en que se diviertan y les han dotado de todas las técnicas y herramientas posibles. Pero, como decía uno de mis primeros referentes profesionales, “no tiene capacidad de aprendizaje porque se cree que sabe”. Y a esto le podemos añadir que además su objetivo es divertirse. Que también hay que hacerlo, pero para equilibrar el trabajo duro y el esfuerzo..

Hablemos con propiedad: ¿la huelga o la guerra del taxi?

Según la definición de Wikipedia, “huelga es una forma de protesta en la que sus participantes o miembros se abstienen de realizar la actividad que realizan normalmente en perjuicio de aquellos a los que dirigen sus reivindicaciones o sus quejas”.

Según el diccionario de la Real Academia, el tipo más importante y extendido es la huelga laboral o paro, que es “la suspensión colectiva de su actividad por parte de los trabajadores con el fin de reivindicar mejoras en las condiciones de trabajo o manifestarse contra recortes en los derechos sociales”.

Podríamos seguir buscando definiciones de huelga, pero todas coinciden en que busca como objetivo mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. Nunca impedir la libre competencia, buscando una situación monopolística para realizar la actividad a su entero albedrío, estableciendo una situación de prepotencia ante los clientes, a los que no les quedaría más remedio que tragárselo si quieren acceder a este servicio concreto.

La situación del taxi no responde al concepto de huelga como tal, sino al de una presión desmedida y desproporcionada sobre las autoridades a través del perjuicio continuado a los clientes, a fin de impedir la libre competencia, y en concreto la que les presentan las VTC.

Situaciones de este tipo ya se han dado en nuestro país cuando los pequeños minoristas trataron de impedir la libre competencia presionando a las autoridades para impedir la apertura de las grandes superficies. Después de unos años, ya vemos que no se pueden poner puertas al campo. Las grandes superficies ganaron la guerra, aunque entremedias los pequeños minoristas ganaran alguna batalla con autoridades que, más allá de pensar en el bien del ciudadano, pensaban en sus interese políticos. Pero el tiempo al final hace que la razón triunfe.

El problema del taxi nace con un problema histórico que no es otro que el hecho de que las autoridades han permitido durante años un mercado de compra-venta de licencias. Éstas deberían haber vuelto a la propia Administración para ser adjudicadas a un nuevo taxista cuando el poseedor de la misma dejara de trabajar en el taxi por las razones que fueran.

Los precios de esas licencias en ese mercado han llegado a alcanzar unos niveles tal que cualquiera que haga cuatro números se dará cuenta de que es una inversión ruinosa. Pero lo que se han creído, o se ha querido creer los tenedores de estas licencias, es que tenían patente de corso, que iban a trabajar en un mercado de forma monopolística, sin competencia real. Y eso nunca ha sido así: lo único que permitía la licencia era hacer ese trabajo de taxista, pero no garantizaba nada en términos de competencia.

Por tanto, lo que sería lícito es que reivindicaran mejores condiciones de trabajo, pero nunca impedir que otros trabajen de forma legal, igual que ellos. Le den las vueltas que le den, tienen la guerra perdida, aunque ganen alguna batalla. Pero el tiempo hará que la razón triunfe, y además este tiempo se va a acortar por la forma en la que están realizando la protesta, con unas inflamas que estimulan la violencia, con una virulencia desmedida y con un intento de hacer daño y perjudicar a sus clientes potenciales que les va a pasar factura.

Además, deberían mirar un poco más a medio plazo. Porque por esa misma razón, deberían estar haciendo la guerra a aquellas empresas que están desarrollando el coche auto-controlado, que es el que de verdad les va a dejar sin trabajo. Deberían estar pidiendo que no se investigue y que no se progrese en el mundo, porque para eso ellos tienen su licencia de taxista.

El problema es que la presunta apatía o presunta incompetencia de un ministro ha multiplicado el problema por 17, al traspasar la decisión a las comunidades autónomas, cada una con gobiernos con intereses y visiones muy diferentes. Y claro, los taxistas encantados porque divide y vencerás. Entonces, la primera batalla la han ganado, y así la Generalitat, que ha demostrado poca habilidad en la gestión, se ha rendido a las primeras de cambio, quizás porque están en otra cosa, y han concedido unas condiciones que impiden competir a las VTC. UBER ya ha anunciado la suspensión del servicio en Cataluña, con lo que, de forma inmediata, 1.000 conductores de VTC van al paro, se calcula que habrá unos 4.000 afectados en total y además se espera una serie de demandas de los propietarios de estas licencias reclamando indemnizaciones multimillonarias. Que además ya cuentan con un antecedente, por otro motivo, con la reclamación a Ada Colau y al Área Metropolitana de Barcelona cuando, aparentemente de forma ilegal, pidieron a los VTC una licencia adicional del Ayuntamiento de Barcelona para poder operar.

¿Realmente contemplan las autoridades las implicaciones de sus decisiones? Como consecuencia, ¿los taxistas de cualquier otra comunidad autónoma van a aceptar peores condiciones que las que consigan las mejores? Seguro que no.

El problema es muy serio, y no sólo para este sector, sino para el ciudadano y para el progreso. La libre competencia no puede impedirse, hay que aprender a competir y hacerse atractivo para los clientes potenciales, y si no, careces de futuro.

Esconderse tras la masa

Estamos asistiendo a un momento de la historia en el que, apoyada en las posibilidades que ofrecen las tecnologías de la información, la gente puede decir lo que quiera, por duro que sea y aunque sea poco riguroso e incluso mentira, de forma anónima, escondiéndose en el anonimato que favorecen las redes sociales.

Recuerdo siempre cuando algún alumno se acercaba a mí en la universidad o en alguna escuela de negocios y me decía: “mire vengo a comentarle algo en nombre de una serie de alumnos que hemos estado hablando sobre un tema en particular y nos gustaría que lo considerara”. Siempre les respondía lo mismo: “dame el documento que te acredita a hablar en nombre de esos compañeros que me comentas”. La reacción del alumno siempre era la misma, de forma insegura balbuceaba algo que al final resultaba que era suyo pero que no se atrevía a presentarlo como tal por si a mí no me parecía bien.

Yo siempre les decía lo mismo, que no necesitan ocultarse tras la masa, para mí cada uno individualmente es importante, luego podemos hablar de lo que quiera que para él sea importante sin necesidad de que esté arropado por otras personas.

Pero este hecho demuestra que las personas tienen una inseguridad tremenda en sí mismos, no son capaces de presentar y defender sus posturas de forma individual y por delante, poniendo la cara. Este es el caldo de cultivo que nos encontramos en las redes sociales.

Es curioso comprobar cómo, cuando la prescripción es face-to-face, el índice de recomendaciones negativas supera en 20 las recomendaciones positivas, mientras que en las redes sociales, esto no es así sino justamente al revés. Sinceramente no lo entendía, y tuve que ver más de uno y de tres estudios al respecto para creérmelo. Y, sinceramente, no encontré nada que me lo justificara.

Un día, un compañero especialista también en estrategias de fidelización de clientes, me comentó que, si bien no existen estudios al respecto, o al menos él tampoco los había encontrado, se imaginaba que la razón para que esto se produzca es que mientras que en la prescripción escrita en las redes sociales se mantiene y te pueden pedir explicaciones, en la prescripción tradicional boca-a-boca, o como se dice ahora boca-a-oreja, las palabras se las lleva el viento y siempre la gente podía argumentar que ellos no habían dicho nada.

El problema es que las redes sociales, en una carrera desenfrenada con conseguir volumen, se olvidaron de la ética y propugnaron el anonimato con el resultado que todos conocemos: opiniones falsas o pagadas a favor de unos o en contra de otros. Es lamentable que el ser humano se tenga que ocultar para decir lo que quiere expresar o lo que le ha pasado.

El popular discurso en el que alguien plantea una pregunta o pide un consejo para un tema delicado en el que a él no le pasa nada, pero que tiene a un amigo que le sucede, y cuenta su problema, el único punto es que ya todos sabemos que ese es su problema y no el de un amigo.

Cuando era todavía bastante joven, y por lo tanto junior profesionalmente, asistí a un hecho insólito que me dejó, como todas esas cosas a esa edad, muy impactado. Trabajaba en aquel momento para la ITT y estaba asignado temporalmente a la fábrica de Ramírez de Prado. Allí asistí a una huelga de los obreros, algo realmente duro para alguien acostumbrado a trabajar en aquella época en I+D, donde el concepto de huelga no se tiene muy claro, pues tu pasión y obsesión es el proyecto en el que trabajas y cuando estás trabajando te pasa como al deportista profesional que cuando sale a la cancha: se olvida de todo y su obsesión es ganar.

Comenté a mi jefe que aquello era muy duro y él me dio una lección magistral, Me dijo: “fíjate cómo están vociferando todos en masa”. La verdad es que repetían un eslogan estándar o proferían gritos dignos de un Neandertal, y entonces me dijo que le siguiera, y nos aproximamos a la masa. Sinceramente, yo iba bastante preocupado, y entonces mi jefe empezó a aproximarse a los huelguistas, pero de forma individual y les preguntaba por qué protestaban. Y la verdad es que ninguno fue capaz de dar alguna razón que tuviera sentido.

Después de mostrármelo, me dijo: “aprende esta lección, la gente se oculta tras la masa o el anonimato para hacer o actuar de forma incorrecta, y si quieres desmontarlo lo único que tienes que hacer es comunicarte con cada uno a nivel individual y preguntarle qué quiere, y muy especialmente qué propone. Porque la gente se escuda en la masa y en el anonimato para protestar, pero nunca para proponer soluciones, obviamente razonables. Sólo muy pocos a nivel personal son capaces de proponer algo positivo y sensato”.

Herramientas o conceptos

Desde mi atalaya como profesor de escuelas de negocio desde hace más de 25 años, durante los que he compatibilizado mi vida profesional con la docente, he podido observar cómo los alumnos en general, y muy especialmente los que ya contaban con cierta experiencia -los de Executive MBA-, desde comienzos de siglo están demandando cada vez más herramientas y recetas mágicas para aplicar en su trabajo.

Creo que es un error de principio. Claro que hay que conocer las herramientas, sin duda, y hay que aprender de la experiencia de otros. Pero hay que entender que, cuanto más complicado es el entorno, y sobre todo cuanto más rápido suceden los cambios, más difícil es que se reproduzcan las mismas situaciones, con lo que las recetas mágicas no existen. De hecho, nunca han existido, pues dadas dos empresas del mismo sector, del mismo tamaño y de las mismas características, al contar con personas diferentes, lo que funciona en una no funciona en la otra.

Pero, insisto, si además se producen muchos cambios a mucha velocidad, el problema es que no se van a reproducir las mismas circunstancias. Por lo tanto, lo que hay que dominar es el concepto, de tal forma que podamos generar soluciones a medida cada vez. La receta mágica ahora es la que seamos capaces de generar cada vez, a partir de los conocimientos y la experiencia que el directivo posee, y utilizando las herramientas disponibles por parte de aquellos que tengan que implantar la solución.

Al comenzar las clases, siempre pregunto a los alumnos si hay algo que quieren comentar sobre ellas o si todo va bien. Una vez, en un Executive MBA, me dijeron que querían dedicar más tiempo a discutir el caso y menos a teoría. Yo, normalmente, dedicaba un 50% a lo que ellos llamaban teoría, y que yo insisto en que no quiero llamarlo así, sino los conceptos que se pueden extraer de las teorías. Este es un ejercicio duro, pues hay que entender la teoría y no memorizarla, que eso no vale para nada, pero el concepto es la clave especialmente en momentos rápidos, inciertos y turbulentos.

Les dije que sin ningún problema, que empezábamos a discutir el caso si ellos entendían que predominaban los conceptos relativos al tema que íbamos a discutir, que era política de precios. Así que empezamos, y pedí un voluntario para que nos introdujera el caso, lo que no fue fácil, pues no habían extraído los puntos clave que deberían orientar la discusión. Una vez superado este punto, pedí que alguien empezara la discusión. No hubo forma, no sabían por dónde empezarla. Entonces les dije que podíamos empezar planteando un mapa de dispersión de precios, y se me quedaron con una cara que decía “¿y eso que es?”. Mi pregunta siguiente fue: ¿y qué queréis discutir, lo que queréis es charlar y divertiros un rato?

Esta es la perversión a la que hemos llegado. Hemos destruido los conceptos y estamos formando a los profesionales y directivos utilizando métodos, como es el método del caso, que sólo tienen valor si quienes lo manejan tienen la experiencia suficiente, dominan los conceptos o tienen capacidad para extraerlos, si no, se convierte en una charla de café.

Empezamos cambiando el concepto de alumno por cliente. El alumno es alumno, y viene para aprender y no para que se le sirva. Todos se empeñan en decir que esperamos que se diviertan en clase, lo que en mi opinión es un error grave. Las clases hay que disfrutarlas por el conocimiento que se está adquiriendo, y el profesor ha de tener los conocimientos y experiencia suficiente como para que se pueda producir esa transferencia de conocimiento, no es un payaso de feria. Los casos hay que entenderlos y discutirlos de forma crítica, sin aceptar por principio que todo lo que dicen es verdad ni creerse por principio que es un caso de éxito siempre.

Por principio, los casos en los que aparecen los nombres reales de empresas o personas, siempre se han redactado como casos de éxito, aunque sea mentira. Por tanto, hay que hacer siempre un análisis crítico del mismo, que es lo que va a permitir llegar al concepto y no aprenderse de memoria una actuación e intentar replicarla.

El problema al que nos enfrentamos tiene varios frentes entrelazados. El primero es que hemos reemplazado la cultura del esfuerzo por la cultura del copy-paste, después el supuesto de disfrutar por el de divertirse, y finalmente el concepto por la herramienta. El resultado es que vamos caminando hacia una situación en la que los directivos de empresas, debido a sus fundamentos y a su formación, sólo se encontraran capacitados para gestionar si encuentran un ejemplo idéntico cuya solución puedan replicar. Porque han aprendido a copiar supuestas situaciones de éxito y a competir con sus subordinados en el manejo de las herramientas.

Hay que romper esta tendencia. Hay que disfrutar y no necesariamente divertirse con la formación y el aprendizaje. Hay que entender que alguien que está en una institución aprendiendo es un alumno y no un cliente. Hay que reconocer que es imposible tener soluciones concretas para todas las situaciones que se puedan producir. Y hay que dominar los conceptos para adquirir el conocimiento que permita generar soluciones ad hoc. Y esto, sabemos que supone un esfuerzo enorme y continuo.

Trabajo y familia: compatibilidad o incompatibilidad

Durante años he sido asesor de la Asociación para la Racionalización de Horarios, a la que me invitó mi buen amigo Ignacio Buqueras, a quien admiro por sus esfuerzos y su tesón por intentar compatibilizar o conciliar el trabajo con la familia, de tal forma que ésta no se desestructure, o más bien se vuelva a estructurar, y las nuevas generaciones no tengan una infancia de soledad e inseguridad, sometidos a cualquier influencia indeseable.

Viendo la vida que llevan muchas familias, te das cuenta de que no existe tal familia: los padres trabajan largas horas, con cierta presión, con lo que cuando llegan a casa, en el supuesto que los hijos estén despiertos, no tienen ninguna gana de dedicarles tiempo de calidad e intentan compensarlo con todo tipo de regalos materiales, el último smartphone, la última tablet, la última maquinita, etc…

Cómo solucionar el problema que este tipo de vida genera, es en lo que mi amigo Buqueras no para de luchar, intentando conseguir la conciliación entre trabajo y familia, lo que solucionaría el problema. Pero esto, en mi opinión, es una quimera, ya que en el momento en que alguien ocupa un cierto nivel en una empresa, diría desde mandos intermedios de cierto nivel para arriba, la conciliación se convierte en imposible. Si trabajas en un puesto en una empresa multinacional en la que tienes que mantener relaciones con personas ubicadas en otros países, si la diferencia horaria, es importante, tipo Europa con USA o Latinoamérica, olvídate.

Si tu puesto es de bajo nivel, y por lo tanto el nivel de ingresos no es suficiente como para cubrir las necesidades artificiales que se han creado en las nuevas generaciones, pues tendrás que realizar horas extra o acudir al pluriempleo, con lo que el dinero extra causa la disminución de horas en casa para dedicárselo a tus hijos y el tiempo en casa, al llegar cansados de tantas horas de trabajo, es un tiempo de baja calidad.

Aquí habría varias soluciones. Algunas tienen que venir del cambio de cultura, siendo fundamental el cambio de horarios, como cenar a las 18.00 en vez de a las 22.00, que el prime time de TV no sea a las horas actuales sino que se adelante un par o tres horas, e incluso que las compañías de seguros cobren un plus a las empresas por realización de trabajos a partir de ciertas horas, pues se incrementa el riesgo de accidente o que las autoridades acaben prohibiendo que se realice actividad laboral a partir de una hora determinada.

Las soluciones globales de las que hemos hablado, no se nos escapa que son, en su mayoría, inviables. Y desde luego, en cualquier caso, de largo o larguísimo plazo. Entonces no debemos esperar soluciones que nos aporten otros, porque no lo van a hacer, ni sentarse en una esquina a lamentarse porque no hay solución. Hay que adoptar una posición positiva y proactiva. Y lamentablemente, individual.

Lo primero es reconocer que quieres un futuro de vida familiar de calidad, que quieres compartir tiempo de calidad con tu pareja y con tus hijos. A partir de ahí, reconocer que si trabajas por cuenta ajena no va a ser factible, entonces tienes que dar un paso de adelante, tienes que ser tu propio patrón, tienes que convertirte en profesional independiente o autónomo.

Alguien dirá inmediatamente que precisamente los autónomos son los que no tienen vida propia, no pueden ponerse malos, no pueden tomarse vacaciones, etc. Y eso es cierto siempre que seas uno del montón, uno de los muchos que prestan servicios con un nivel de calidad mediocre que busca ganar el último euro de forma dudosa, no haciéndose responsable de los errores o desperfectos causados por una mala actuación.

De lo que se trata es de ser autónomo o profesional liberal de los buenos, no del montón. Esos están condenados a andar liados con el trabajo muchas horas, con lo que la conciliación se hace imposible e incluso se puede llegar a vivir peor que como asalariado. De lo que se trata es hacer lo que sea muy bien.

Si eres un albañil, haz las cosas bien, toma cada encargo como si fuera una obra de arte y no como un castigo divino. Hazlo bien y con limpieza, y los propios clientes se encargarán de buscarte nuevos clientes, te recomendarán a terceros, y tú, al contar con trabajo de sobra, podrás mantener el nivel de ocupación que desees, lo mismo si eres un fontanero o un pintor.

Si eres un taxista, mantén el coche impecable, sé educado y respetuoso con los clientes, viste adecuadamente y ve siempre bien aseado. Mantén una temperatura adecuada a los deseos de cada cliente en el vehículo, pregunta por la radio, si lo desean o no. y pregunta y adáptate a sus preferencias. Ofrece tus servicios a personas y empresas, de tal forma que tengas una clientela regular, y si tienes actividad continua, es posible que no tengas que trabajar más horas de la cuenta y puedas conciliar, al no tener tiempos muertos.

Si eres un profesional liberal, prepárate y mantente actualizado en tu especialidad, toma cada trabajo como si fuera para tu propia empresa, sé generoso en tu actuación, utiliza las TIC para poder realizar muchos trabajos desde donde quieras, y pide a tus clientes que te ayuden a conseguir más clientes. Si mantienes una buena base de éstos, podrás seleccionar los trabajos y ajustar los tiempos que te permitan conciliar.

En definitiva, da igual cuál es tu profesión. Si quieres conciliar, se puede, pero tienes que convertirte en autónomo. No tengas miedo, si eres muy bueno tendrás trabajo de sobra y podrás seleccionar y ajustar los tiempos.

Cuando la culpa siempre es de otro

Recientemente escuchaba en una charla Ted a Toni Nadal, y contó una anécdota que creo que se puede aplicar a mucha gente y que nos demuestra la incapacidad que algunos tienen para aprender. Comentaba Toni que alguna vez se había encontrado con el padre de alguno de los chavales a los que entrenaba y que le había dicho: “oye Toni ¿esto es lo que le has enseñado a mi hijo?”. Evidentemente, el hijo no jugaba a gran nivel. A lo que Toni respondió: “no, esto no es lo que yo le he enseñado, es lo que él ha aprendido”.

Según vamos progresando, las nuevas generaciones van perdiendo la humildad necesaria para aprender o para reconocer que no pueden llegar a más. Esto es algo que en generaciones anteriores no ocurría, la mayoría de las personas en el pasado eran capaces de aceptar que no habían aprendido lo que les habían enseñado o que no tenían más capacidad. Ahora eso no se acepta por principio.

Hay detalles que te demuestran esa falta de reconocimiento del fallo. Hay que echar siempre la culpa a quien sea con tal de no aceptar la realidad. Hay frases que nos demuestran que esto ha calado en la gente. Hay una que, cada vez que me la dicen, reacciono de tal forma que mi mujer siempre acaba diciéndome que soy un borde con los demás. Pero lo siento, cuando alguien me está explicando algo y me dice “¿me entiendes?”, siempre contesto que si se ha explicado correctamente, entonces le habré entendido, pero que si no se ha explicado correctamente, entonces no le habré entendido.

En comunicación existe el principio de que el error siempre es por culpa del emisor. Aun aceptando ese principio, la gente por defecto tiene que echar la culpa al otro. En vez de aceptar que no se explican adecuadamente, tienen que plantear que no el otro no se entera.

En algunas clases, cuando algún alumno dice algo que es erróneo y se lo corrijo, muchas veces me contesta argumentando que “otro profesor les ha dicho… ”, e insiste en su error. Una vez más les digo que, en primer lugar, hablar de una persona que no está presente, y lo por tanto no puede defenderse, me parece inadecuado y que no lo acepto. Y dicho esto, le planteo si eso es lo que el otro profesor les ha contado o es lo que él ha entendido. Muchos insisten en que ha sido lo que les ha contado. Evidentemente esos no son los alumnos más brillantes, pero lo que me preocupa es que cada vez el porcentaje es más alto.

Echar la culpa a los demás de todo lo malo que nos sucede es algo que nos impide poner los medios para hacer las cosas mejor, y así convertir las situaciones incómodas en situaciones provechosas. Y todo eso se debe a la prepotencia y la falta de humildad a la que se ha llegado en las nuevas generaciones, quizás con una gran culpa de las generaciones anteriores.

Cuando yo estaba en el colegio, si un profesor me castigaba, era mejor que no se enteraran en mi casa mis padres, pues podía caerme otro castigo. Sin embargo, en la actualidad muchos padres son incapaces de reconocer que sus hijos son lo que son. Por principio tienen que ser lo mejor, y me parece muy bien que a los hijos se les quiera con locura, pero si realmente se les quiere hay que ayudarles a mejorar, y para ello hay que tener la humildad de aceptar que nos podemos equivocar. Pero no, y así nos encontramos situaciones como la que planteaba Toni Nadal. Que el padre de su alumno, al ver que no jugaba bien, lo que le dice es que si esto es lo que le ha enseñado. Y por lo que veo es tan borde como yo, pues la contestación fue magnífica: no, eso es lo que él ha aprendido.

Pero la situación alcanza niveles, en mi opinión, muy preocupantes. Recuerdo que en la Universidad, cuando estaba estudiando mi primera carrera, la de Físicas, había exámenes en los que aprobaba un 5% y no pasaba nada, todos los que no habían aprobado, a estudiar más y ya está. Y había un porcentaje de alumnos que no terminaban la carrera, ya sea porque no valían o porque no estaban dispuestos a hacer el esfuerzo necesario.

Si esa situación se diera ahora, sería titular en los periódicos. Se da la vuelta a la tortilla y ahora, si el alumno no aprueba, es porque el profesor no vale, y por lo tanto se establece que un profesor debe aprobar a un mínimo del 80% de los alumnos por principio, si no quiere tener problemas.

Los planteamientos de Bolonia de evaluación continua han llegado a cambiar la mentalidad de los alumnos hasta niveles increíbles. Si alguno no aprueba, le dice al profesor que si puede hacer un trabajo para aprobar la asignatura, y si el profesor le dice que no, que lo que tiene es que aprobar el examen, seguro que tendrá problemas. Y si es en una universidad privada, probablemente le van a obligar a que lo acepte, pues lamentablemente muchas de las universidades privadas, son entregadoras de títulos. En vez de haber tomado el modelo de mayor exigencia que la pública, no, han escogido el camino de vender títulos. Y como el alumno lo sabe, su esfuerzo es mínimo y la culpa del profesor.

En definitiva, las nuevas generaciones con el soporte de las generaciones anteriores, esto es, los hijos con el soporte de sus padres, son incapaces de aceptar la responsabilidad de sus actos cuando los resultados no son adecuados. La culpa es del resto del mundo, pero son incapaces de aceptar que es un problema de esfuerzo o de capacidad.