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Cuando la culpa siempre es de otro

Recientemente escuchaba en una charla Ted a Toni Nadal, y contó una anécdota que creo que se puede aplicar a mucha gente y que nos demuestra la incapacidad que algunos tienen para aprender. Comentaba Toni que alguna vez se había encontrado con el padre de alguno de los chavales a los que entrenaba y que le había dicho: “oye Toni ¿esto es lo que le has enseñado a mi hijo?”. Evidentemente, el hijo no jugaba a gran nivel. A lo que Toni respondió: “no, esto no es lo que yo le he enseñado, es lo que él ha aprendido”.

Según vamos progresando, las nuevas generaciones van perdiendo la humildad necesaria para aprender o para reconocer que no pueden llegar a más. Esto es algo que en generaciones anteriores no ocurría, la mayoría de las personas en el pasado eran capaces de aceptar que no habían aprendido lo que les habían enseñado o que no tenían más capacidad. Ahora eso no se acepta por principio.

Hay detalles que te demuestran esa falta de reconocimiento del fallo. Hay que echar siempre la culpa a quien sea con tal de no aceptar la realidad. Hay frases que nos demuestran que esto ha calado en la gente. Hay una que, cada vez que me la dicen, reacciono de tal forma que mi mujer siempre acaba diciéndome que soy un borde con los demás. Pero lo siento, cuando alguien me está explicando algo y me dice “¿me entiendes?”, siempre contesto que si se ha explicado correctamente, entonces le habré entendido, pero que si no se ha explicado correctamente, entonces no le habré entendido.

En comunicación existe el principio de que el error siempre es por culpa del emisor. Aun aceptando ese principio, la gente por defecto tiene que echar la culpa al otro. En vez de aceptar que no se explican adecuadamente, tienen que plantear que no el otro no se entera.

En algunas clases, cuando algún alumno dice algo que es erróneo y se lo corrijo, muchas veces me contesta argumentando que “otro profesor les ha dicho… ”, e insiste en su error. Una vez más les digo que, en primer lugar, hablar de una persona que no está presente, y lo por tanto no puede defenderse, me parece inadecuado y que no lo acepto. Y dicho esto, le planteo si eso es lo que el otro profesor les ha contado o es lo que él ha entendido. Muchos insisten en que ha sido lo que les ha contado. Evidentemente esos no son los alumnos más brillantes, pero lo que me preocupa es que cada vez el porcentaje es más alto.

Echar la culpa a los demás de todo lo malo que nos sucede es algo que nos impide poner los medios para hacer las cosas mejor, y así convertir las situaciones incómodas en situaciones provechosas. Y todo eso se debe a la prepotencia y la falta de humildad a la que se ha llegado en las nuevas generaciones, quizás con una gran culpa de las generaciones anteriores.

Cuando yo estaba en el colegio, si un profesor me castigaba, era mejor que no se enteraran en mi casa mis padres, pues podía caerme otro castigo. Sin embargo, en la actualidad muchos padres son incapaces de reconocer que sus hijos son lo que son. Por principio tienen que ser lo mejor, y me parece muy bien que a los hijos se les quiera con locura, pero si realmente se les quiere hay que ayudarles a mejorar, y para ello hay que tener la humildad de aceptar que nos podemos equivocar. Pero no, y así nos encontramos situaciones como la que planteaba Toni Nadal. Que el padre de su alumno, al ver que no jugaba bien, lo que le dice es que si esto es lo que le ha enseñado. Y por lo que veo es tan borde como yo, pues la contestación fue magnífica: no, eso es lo que él ha aprendido.

Pero la situación alcanza niveles, en mi opinión, muy preocupantes. Recuerdo que en la Universidad, cuando estaba estudiando mi primera carrera, la de Físicas, había exámenes en los que aprobaba un 5% y no pasaba nada, todos los que no habían aprobado, a estudiar más y ya está. Y había un porcentaje de alumnos que no terminaban la carrera, ya sea porque no valían o porque no estaban dispuestos a hacer el esfuerzo necesario.

Si esa situación se diera ahora, sería titular en los periódicos. Se da la vuelta a la tortilla y ahora, si el alumno no aprueba, es porque el profesor no vale, y por lo tanto se establece que un profesor debe aprobar a un mínimo del 80% de los alumnos por principio, si no quiere tener problemas.

Los planteamientos de Bolonia de evaluación continua han llegado a cambiar la mentalidad de los alumnos hasta niveles increíbles. Si alguno no aprueba, le dice al profesor que si puede hacer un trabajo para aprobar la asignatura, y si el profesor le dice que no, que lo que tiene es que aprobar el examen, seguro que tendrá problemas. Y si es en una universidad privada, probablemente le van a obligar a que lo acepte, pues lamentablemente muchas de las universidades privadas, son entregadoras de títulos. En vez de haber tomado el modelo de mayor exigencia que la pública, no, han escogido el camino de vender títulos. Y como el alumno lo sabe, su esfuerzo es mínimo y la culpa del profesor.

En definitiva, las nuevas generaciones con el soporte de las generaciones anteriores, esto es, los hijos con el soporte de sus padres, son incapaces de aceptar la responsabilidad de sus actos cuando los resultados no son adecuados. La culpa es del resto del mundo, pero son incapaces de aceptar que es un problema de esfuerzo o de capacidad.

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La Universidad Universal

Universidad universal

Con las nuevas posibilidades que nos facilitan las Tecnologías de la Información, ya no hay razón para no tener el mejor profesor del mundo en cualquiera de las asignaturas que el alumno tiene que abordar a lo largo de su preparación, independientemente del lugar en que se encuentre.

Ahora podríamos establecer una universidad única en el mundo, una Universidad Universal. Donde los mejores profesores en cada disciplina dictaran las lecciones magistrales sobre cada disciplina, y alumnos de todo el mundo pudieran seguir sus sesiones, bien en directo o bien en diferido, independientemente de la ubicación de cada uno, del profesor o del alumno. Las TIC nos permiten hacer esa abstracción física.

El problema vendría en la traslación de los conceptos a la realidad práctica, a través de la realización de ejercicios, casos prácticos, estudios por parte de los alumnos en equipo o individualmente, que podrían requerir un cierto nivel de orientación y tutorización.

¿Cómo resolver el problema de la tutorización? Pues con una serie de robots, que fueran los que interactuaran con los alumnos, cuya posibilidad de enriquecimiento, actualización y aprendizaje estaría garantizada en función del machine learning y la inteligencia artificial.

Otro problema relacionado con la comunicación sería el idioma. Pero en este caso las naciones -o si se prefiere los políticos o el entorno académico- deberían decidir cuál habría de ser el idioma de impartición. Si bien en estos momentos contamos con traductores en tiempo real, de tal forma que también sería un problema resoluble.

Un enriquecimiento importante sería la posibilidad de trabajar en equipos multiculturales, pues las tecnologías así nos lo permiten. Se podría configurar un equipo con nacionalidades de los cinco continentes, lo que luego facilitaría la adaptación al trabajo real en las empresas, cada vez más de carácter global. Algo a lo que las pymes del mundo tienen que adaptarse, pues ya no vale eso de “el tuerto en el país de los ciegos” o ser “el líder de tu polígono industrial”. En un mercado global, las empresas tienen que ser globales y tienen que aprovechar lo que esa globalidad les permite.

El problema lo encontraríamos mirando hacia atrás, con nostalgia de otro mundo donde la Universidad ha significado algo más que sólo el conocimiento. Ha implicado movimientos sociales y un cierto germen de rebeldía a lo establecido. La cuestión sería cómo replicar esos movimientos apoyándose en las TIC. Y eso sí, ya con carácter global.

Cuando el alumno pasó a ser cliente

Lesson in a school class. Isolated 3D image.

Desde hace una década, más o menos, se ha puesto de moda calificar a los alumnos como clientes. Desde ese momento se les ha empezado a tratar como tales, aplicando el dicho de que el cliente siempre tiene razón…y si no, también la tiene.

A partir de ese momento, las instituciones educativas han lanzado a los profesores a la arena, sin armas, a luchar contra las fieras. Algunas encantadoras, otras indiferentes y por fin otros retorcidos y dañinos hacia el profesor cuando éste dice algo que no les gusta, que les saca de su zona de confort o que les llama la atención por un comportamiento no deseado.

Coincidiendo en esta época, se ha producido un hecho como es la ausencia de respeto y consideración al acto que supone la clase. Unos con el teléfono móvil, recibiendo y pasando mensajes; otros charlando animadamente de temas que no tienen que ver con lo que se está tratando; otros que parece que tienen incontinencia, saliendo y entrando en el aula a su antojo; sin olvidarnos de los que piensan que el aula es una zona de pic-nic y la clase la hora del mismo.

Y acompañando a este proceso, aparece la explosión de las encuestas en las que los alumnos califican a los profesores, de tal forma que una mala calificación puede llegar a poner en peligro la continuidad del profesor.

Desde ese momento, el nivel de conocimiento en el aula ha caído de manera estrepitosa. Hay profesores que, por miedo a la posible discontinuidad por malas calificaciones de los alumnos, se dedican a consentirlo todo, a hacer gracias para que los alumnos se diviertan y a confraternizar con ellos para conseguir su amistad, y así conseguir buenas calificaciones y asegurar su continuidad.

¿No sería mejor volver a considerar que el auténtico cliente de la formación son las instituciones económicas, públicas y privadas, que precisan personas con cierto nivel de conocimiento para incorporarlas con la preparación adecuada? Y que el alumno vuelva a ser alumno. Esto es, un diamante en bruto que los profesores deben ir modelando y tallando hasta que convertirlo en algo de auténtico valor.

De esta forma, la prioridad de los profesores no sería ganarse la simpatía de los alumnos sino su respeto. Los alumnos dejarían de buscar divertirse en el aula para disfrutar las clases, alcanzando una mejora en sus conocimientos, sus habilidades directivas, su saber estar, etc… En definitiva, todo aquello que les hace cada vez más valiosos ante las entidades que pueden emplearles.

La mediocridad al poder

Mediocridad

Recientemente asistí a una conversación que me produjo mucha tristeza. Era en el entorno académico, pero lamentablemente ya la había escuchado en el entorno de la empresa muchas veces. Y la mayoría de ellas en España, para más tristeza.

Estaban hablando dos personas -que no destacaban por su brillantez ni mucho menos- sobre una metodología de aprendizaje que se debería aplicar. Empezaban argumentando sobre el hecho de que así se podría homogeneizar el nivel de conocimiento a alcanzar por los alumnos, lo cual en mi opinión es ya un error, pues lo que hay que conseguir es un mínimo nivel requerido, pero no poner cortapisas a aquel que por diferentes razones puedas alcanzar un nivel superior. Es decir, que ya por ahí empezamos a buscar la mediocridad.

Pero al final no pudieron remediarlo, y apuntillaron que así todos, refiriéndose a los profesores, estarían igual y no habría profesores estrella…

Cuando oía esa conversación recordaba las muchas veces que en el mundo de la empresa había escuchado conversaciones similares, en las que varios directivos, una vez más no demasiado brillantes, hablaban de hacer frente común para evitar que algunos compañeros suyos brillantes pudieran desarrollar todo su potencial. Y que de esta forma que ellos no salieran retratados o puestos en evidencia.

Este, como digo, es un tema que he oído y he visto muchas veces en muchas empresas: evitar por todos los medios que los brillantes destaquen y el resto queden diluidos entre la mediocridad. Y evitar así que el super-jefe, pues al final siempre hay alguno que está por encima, pudiera realizar comparaciones y así establecer unos estándares de rendimiento más altos, que desalojaran a los mediocres de su espacio de confort.

Como he dicho, lamentablemente en España este tipo de conversaciones y posturas es mucho más habitual, al menos en mi experiencia, que en otros países. Y así nos va. He seguido el recorrido de diferentes alumnos que he tenido a lo largo de mi vida y he podido comprobar cómo tratándose de dos personas de características muy similares, más o menos igual de inteligentes, más o menos con el mismo expediente académico, etc… Uno se va a trabajar fuera de España en una multinacional, y el otro ser queda en una empresa doméstica. Al cabo de dos o tres años los vuelves analizar. Y mientras el primero se ha desarrollado de manera extraordinaria y tiene unas ganas y una ilusión de comerse el mundo, el que se ha quedado en España se ha convertido en una persona rutinaria, sin ilusión y con el deseo de trabajar lo mínimo posible, con la mínima responsabilidad posible y, obviamente, quejándose del salario y de las muchas horas que pasa en el trabajo.

Cuando se define al español, la primera característica que aparece es la envidia. Qué daño está haciendo a nuestro mundo empresarial y académico, donde prima la mediocridad. Y todos los mediocres unidos ahogan al brillante, que tiene que terminar marchándose o al final adaptándose, con lo que alcanza un nivel de frustración tremendo.