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Con lo que sea gratis, generosidad extrema

Recientemente, en una institución de mucho prestigio nacional e internacional, me encontré hablando con una persona de la que yo sabía perfectamente su cometido, y que era una secretaria. En un momento dado de la conversación me hizo referencia a su posición, cuyo título era de subdirectora de…. bueno, da igual de qué. El caso es que, en esa institución, habían decidido convertir a las secretarias en subdirectoras. Y ellas estaban encantadas, se sentían importantes.

Simplemente por curiosidad, investigué en la citada institución sobre las diferentes posiciones, y me encontré con que todos eran subdirectores, directores o gerentes. Y todos estaban encantados, se sentían tan importantes que, por ello, dedicaban una cantidad de horas al trabajo mucho más allá de lo que sus salarios justificarían.

La institución en cuestión, o más bien los responsables de la misma, habían descubierto que podían motivar de forma significativa a sus empleados con un incentivo que les salía gratis. Y así empezaron a repartir títulos rimbombantes a diestro y siniestro, que no les suponían ningún coste, y hacían que los empleados se sintieran importantes. Cuanto menos nivel tenían, más importantes se sentían y más dedicación ponían.

Esto me hizo recordar algo que me comentó mi secretaria hace algunos años, cuando era director general en una importante institución financiera. Cuando un día me trajo el café de la mañana y le di las gracias, como no podía ser de otra forma, me comentó que todas las secretarias estaban encantadas conmigo y muy agradecidas. Le pregunté por qué decía eso y a qué se debía ese agradecimiento. Y me respondió que yo era el único director general que cuando llegaba a la oficina saludaba y daba los buenos días o buenas tardes; cuando me marchaba me despedía; y cuando pedía algo, lo hacía por favor y daba las gracias cuando me entregaban o hacían lo que había pedido.

La verdad es que, si en algún momento pedía algo a alguna de las secretarias que no eran la mía, observé que normalmente dejaban inmediatamente lo que estaban haciendo, y siempre con toda diligencia, hacían lo que les había pedido, y en general con el trabajo bien hecho. Yo no había dado importancia al asunto, pues pensaba que era debido a mi posición. Pero después del comentario de mi secretaria, me di cuenta de que no hacían lo mismo con todos los directivos, sino que realmente yo era el único con el que se comportaban con esa diligencia, eficacia y agrado.

La verdad es que me sorprendió, porque realmente lo único que yo estaba haciendo era comportarme como me habían enseñado: con respeto y educación hacia todo el mundo. Y el esfuerzo que tenía que realizar era nulo, además de que el coste que me suponía era cero.

Esto me hizo pensar, y me di cuenta de que la pirámide de Maslow es una de las teorías de motivación más acertadas. Si bien las personas inicialmente buscan cubrir sus necesidades durante el máximo tiempo posible (cubrir las necesidades fisiológicas y tener seguridad), también les gusta que se les reconozca, se les estime y se les respete. Y lo más importante es que, si bien los primeros niveles de la pirámide de Maslow implican un coste, para el resto de niveles hay muchas otras cosas que se pueden hacer sin coste o con un coste ridículo.

Si analizamos lo que se puede hacer, sin coste, para motivar a las personas, hay muchas acciones que están relacionadas con la buena educación. Es decir, que sólo comportándose de forma educada podemos llegar a incentivar a las personas que colaboran con nosotros, consiguiendo así un mayor rendimiento. Para desplegar esta forma gratuita de motivación, si no se ha obtenido esta forma de actuar -educada, quiero decir- por los motivos que sea, es importante ir entrenándose para convertirlo en un hábito.

Este entrenamiento debe empezar desde que te levantas por la mañana. A ser posible, saludando a tu pareja con simpatía. No vale eso de decir que uno tiene un mal despertar, eso lo podemos aceptar en los niños pequeños, pero en los mayores es simple falta de educación. Luego, seguir saludando a los vecinos en el ascensor, ceder el paso o abrir la puerta, etc… Y cuando se llega a la oficina, es seguro que en un periodo de tiempo razonable el comportamiento educado y motivador será el comportamiento natural, lo que se traducirá en una mayor satisfacción y rendimiento de los empleados. Y todo ello gratis.

Por lo tanto, seamos generosos con todo lo que es gratis. Ya sean títulos como los que daba aquella institución, o trato correcto y educado, lo que produce en las personas es una sensación de sentirse importantes y respetados. Y, consecuentemente, su rendimiento se incrementará.

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