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Reflexión 8: ¿y voy a tener que reinventarme varias veces a lo largo de mi vida?

El descubrimiento de nuevos horizontes, y su aprovechamiento, lleva implícito el hecho de reinventarse. Como ya apunté, empecé como Investigador, luego continué como gestor de negocio, después como gestor en área comercial (marketing y ventas) y, por fin, como director general, terminando mi trabajo para terceros como vicepresidente.

Empecé mi vida profesional en un entorno internacional, y eso es lo único que no ha variado a lo largo de mi desarrollo. Porque si bien en algún momento he estado en empresa doméstica, inmediatamente he propuesto su internacionalización, y siempre he tenido la autorización para realizar el desarrollo internacional de la empresa. Siempre también con la condición de que tenía que cumplir con las expectativas para que desarrollara aquello para lo que me habían contratado inicialmente.

Empecé en empresas de línea y acabé en empresas de consultoría. Empecé como trabajador por cuenta ajena y he terminado como emprendedor y autónomo. Jamás pensé que iba a tener actividad docente, pues soy una persona de empresa y no tengo ningún antecedente en mi familia. Sin embargo, llevo ya unos 25 años compaginándola con el resto de mi vida profesional.

Al principio, mi actividad docente venía a representar no más de un 10 % de mi tiempo. En la actualidad representa cerca del 70 %, probablemente en unos meses baje al 50% y en otros meses ascienda más el 75%. Lo que sí tengo claro es que tengo que disfrutar con lo que hago para dedicar el tiempo que sea necesario. Y a qué me dedicaré el próximo año, no lo sé. Pero sigo preparado para reinventarme.

 

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Reflexión 2: ¿Cómo vamos a vivir en el mundo del trabajo del siglo XXI?

Recordando lo que aquel empresario riojano me dijo, veamos las películas actuales de serie norteamericanas. Están siempre trabajando, de vez en cuando tienen una cita romántica, pero en el momento crucial, finalizando la cena, les llega el mensaje correspondiente a ambos desde sus respectivos trabajos, o al menos a uno de ellos, y tienen que abandonar urgentemente su momento plácido y aplazarlo para otro día o sine die.

Es decir, se confirma una de las características que diferentes estudios de perfiles han realizado sobre la sociedad del siglo XXI, en los que nos aseguraban que la vida profesional y la vida privada se iban a cruzar o solapar permanentemente, haciendo difícil saber dónde termina una y donde empieza la otra.

Ante esta situación, sólo hay dos alternativas: una, dejarse llevar y sufrir lo que esa situación implica; o bien liderar la situación, empezando por dedicarnos a lo que nos gusta por encima de todo. De tal forma que, si se nos solapa la vida profesional con la vida personal, seremos personas felices, pues estaremos haciendo lo que nos gusta. Algo a lo que incluso le dedicaríamos nuestro tiempo libre y, para no perder la posibilidad de dedicarnos a ello, seguir estudiando, formándonos y entrenándonos para ser los mejores. Que nadie pueda cuestionarnos en nuestro puesto de trabajo, con lo que pondremos un peldaño adicional para alcanzar nuestra felicidad.

Tú debes ser una empresa virtual

Durante décadas, he estado convirtiendo empresas anticuadas con estructuras tradicionales en empresas modernas con estructuras virtuales. Es el único tipo de estructura que permite a las empresas competir con garantías en el entorno actual, y puedo garantizar que las transformaciones empresariales realizadas han dado excelentes resultados.

Esta excelencia viene derivada del cambio de estructura de costes, pasando de costes fijos a costes variables. Esto es lo que le permite competir en una sociedad de bajo coste, del cambio de la cadena de valor de rígida a dinámica “ad hoc”; de la oportunidad de negocio que quiere aprovecharse, lo que le permite estar perfectamente enfocada; de la excelencia de todos los componentes de la cadena de valor que actúan en colaboración, lo que le convierte en la empresa excelente para esa oportunidad de negocio, etc.

En definitiva, el objetivo de este proceso de transformación era convertir a la empresa en la competidora por excelencia en cada momento, basándose en sus capacidades fundamentales, despojándose de todo aquello que pudiera lastrarle desde el punto de vista competitivo, dejando esas funciones en manos de socios. Es decir, que se producía un reemplazo de departamentos con personal fijo, muchas veces burocratizado y que no aportaba valor, por socios que eran auténticos generadores de valor en esas funciones, de tal manera que las empresas siempre aportaban lo mejor, sus ventajas competitivas, y eso las hacía imparables.

Según se fue complicando el mercado laboral y haciéndose más competitivo, en la medida en que tener un puesto de trabajo se ha hecho cada vez más difícil ante la enorme competencia existente, me di cuenta de que las ideas y métodos aplicados a las empresas tienen una aplicación muy valiosa para las personas, siempre con ciertos matices.

La virtualización de la empresa empieza con el descubrimiento del core business de la misma, es decir, de sus ventajas competitivas y de las funciones donde residen las mismas. Las personas, si quieren ser competitivas, tienen que hacer lo mismo: descubrir sus ventajas competitivas. Si bien cuando en las empresas se identifican las ventajas competitivas, se hace considerando sólo los aspectos técnicos, en el caso de las personas tenemos que introducir un nuevo parámetro, que es la preferencia de la persona, es decir, a qué le gustaría dedicarse.

Esta variación hay que introducirla, pues tenemos que reconocer que en la actualidad -y la tendencia es que cada vez tenemos que dedicar más tiempo de nuestra vida al trabajo-, la exigencia pasa por una disponibilidad de 24 horas al día y siete días a la semana. Además, los cambios en el entorno macroeconómico nos obligan a tener que estar en un aprendizaje continuo, es decir, a leer y estudiar de forma continua sobre la temática a la que nos dedicamos. Y desde luego, esta dedicación necesaria a algo que no te gusta y con lo que no disfrutas, es demasiado castigo.

Cada vez nos encontramos a niños que van mejorando su rendimiento según van progresando en los estudios. Empiezan siendo una cruz para sus padres durante los estudios primarios, para luego ir mejorando en la Universidad y acabando como excelentes profesionales.

Este recorrido es lógico si lo que contemplamos desde la dimensión del disfrute. En la primera etapa tienen que estudiar lo que les dicen, les guste o no. En la segunda etapa ya eligen lo que quieren estudiar, si bien tiene que estudiar algunas materias complementarias que no les gustan. Y por fin, en la tercera etapa, se dedican a hacer lo que desean y con lo que disfrutan, con lo que su rendimiento se puede convertir en excelente.

Por lo tanto, el proceso que debería seguir todo profesional del siglo XXI tiene que empezar por descubrir qué es lo que nos hace disfrutar. A partir de ahí, comenzar el recorrido, sabiendo que siempre estará complementado por otras materias que son necesarias para llegar a poder desarrollar nuestra materia principal con éxito. Por lo tanto, tenemos que convencernos de que esas materias son condición necesaria para poder desarrollar lo que deseamos, y consecuentemente tenemos que esforzarnos por superarlo de la misma forma que nuestra materia principal.

Y en la vida profesional hay que actuar de la misma forma. Nunca se me olvidará el comentario de un director de RRHH brillante cuando me comentó, después de que yo impartiera un curso a la dirección de su empresa y que se interesara de si el hotel les había gustado a los asistentes, si la comida había sido de su gusto, etc., que eso es lo que tenía que hacer y conseguir que fuera a satisfacción, para que así le dejaran hacer lo que realmente le apasionaba, que era la dirección estratégica de los recursos humanos.

Como conclusión, podríamos afirmar que para ser lo más feliz posible en la vida profesional y tener éxito en el siglo XXI, es fundamental descubrir qué es lo que te gusta, más que para qué vales. Porque después de una cierta dedicación, se puede alcanzar el mismo nivel en lo que te gusta que en aquello para lo que vales. Y a partir de ahí seguir tu desarrollo profesional, aceptando que los gustos pueden ir variando en función de la experiencia que se va adquiriendo.